La muerte alrededor

Un relato de Raelana Dsagan

Esperamos con paciencia a que el sepulturero terminara de aplanar la tierra antes de acercarnos. Escondidos detrás de las lápidas hemos visto el funeral, la tierra está bendita pero eso no nos importa. Los únicos que damos miedo somos los muertos.

Gosha es siempre el primero que se adelanta, siempre impaciente. La tierra recién removida está blanda y la va apartando con las manos, en un movimiento compulsivo que, si no lo conociera, me daría miedo. Borya va más despacio, se restriega las manos en las raídas perneras del pantalón y hace el ademán de escupir sobre la tierra bendita; eso no evita que la tierra le queme las manos, pero es un desafío más.

Yo los observo a distancia, como siempre, no me mancho las manos, no siento el ansia que tienen ellos por abrir el frágil ataúd. Como cada día, los controlo desde lejos, para que no se distraigan de su tarea y olviden lo que están haciendo. Borya murmura todo el tiempo, aunque desde aquí apenas puedo ver cómo se mueven sus labios. Gosha simplemente gruñe, de momento las cosas van bien.

Una escena conocida, de las que he visto cientos de veces a lo largo de mi vida, recuerdo cuando me decía a mí mismo que ese iba a ser mi último trabajo, que añoraba las cenas calientes junto a la chimenea y la paz de una velada tranquila. ¿Cuándo fue la última vez? Hace tanto tiempo que me dedico a profanar tumbas que mis recuerdos de veladas junto al hogar se remontan a mi infancia, hace ya demasiado tiempo. El resto de mis noches las he pasado en el cementerio, ensuciándome las manos al principio, cuando era joven; observando a distancia después, cuando era yo el que negociaba con los compradores. Entonces me pagaban en monedas de cobre que me gustaba apretar contra mis manos sucias antes de repartirlas con los demás, ahora en Ilhuesia, el alimento de los muertos, nos hace imaginar y nos ayuda a no echar de menos lo que perdimos al morir. La muerte ha sido siempre un negocio lucrativo y yo no sé hacer otra cosa. El calor de la chimenea seguirá siendo un recuerdo y yo permaneceré aquí todas las noches. El viento sopla siempre frío junto a las tumbas del cementerio.

A Gosha y a Borya no les importa. Sus cuerpos ya no sienten, disfrutan desenterrando el cadáver, arrastrándolo por el suelo, viendo cómo la lluvia parece borrar sus rasgos hasta hacerlos irreconocibles. ¿Quién fue en vida? Este es solo un niño. Borya escupe sobre el suelo y sigue murmurando, ahora está más cerca y me parece distinguir las palabras: como siempre, es una oración.

Gosha es el que arrastra el cadáver hasta el panteón. Lleva siglos abandonado, el linaje de los nobles que se enterraban en él había desaparecido antes de que yo naciera. Nadie sabe lo que hacemos dentro. Amontonamos lo cadáveres como si fueran fardos de carne esperando el carro que vendrá a recogerlos. Algunos cuerpos empiezan ya a descomponerse; a Gosha no le molesta el olor, pero les va quitando con delicadeza los gusanos que recorren sus rostros y los aplasta entre los dedos. Estallan los gusanos, uno tras otro. Algunos recorren el cuerpo de Gosha pero él no se da cuenta. Se sienta junto a los muertos, mañana por la noche llegará el comprador. Borya regresa, sus manos llenas de tierra, su murmullo inteligible que no se detiene jamás. Ha cubierto la tumba de nuevo y la lluvia borrará nuestras huellas. Los parientes dejarán sus flores sin saber que el cuerpo ya no está allí.

Nadie visitó jamás mi tumba.

—Buscamos el sendero al amanecer y te encontramos allí, cruzamos el mar helado y te hallamos, no miramos atrás. Te seguimos, a través de la vida y la muerte, te seguimos.

Borya me mira mientras murmura su letanía sin descanso, es incapaz de levantar la voz que sale muy ronca de su garganta. No sé si es una suerte no tener cuerpo. Yo no puedo hablar. Soy un ectoplasma que se mueve a su lado. Una corriente de aire que a veces consigue emitir luz. Y soy lo único que tienen.

Borya se acerca al último cadáver, el niño recién desenterrado, buscando restos de su esencia. La mayoría aprovechan el momento en que se libran de las ataduras del cuerpo para volar lejos, se alejan con el viento, libres; sólo unos pocos nos quedamos junto a nuestras tumbas, aceptando el último trabajo. ¿Por qué no? Profané tumbas toda mi vida. Vendí la muerte al mejor postor. No me importaba el destino que tuvieran los cuerpos, no me preocupaba eso. Y sigue sin importarme ahora, que ya estoy muerto.

—Somos los hijos perdidos, buscamos tus brazos y encontramos la paz. Al final de camino…

Calla. Calla. Necesito salir de aquí, no puedo pensar.

Fuera la lluvia continúa cayendo, los días de lluvia los entierros son más rápidos. El mío duró apenas unos minutos, el tiempo que tardaron en cubrirme de tierra enfangada. Estoy enterrado fuera, en la tierra maldita que no ha sido consagrada. Es el destino de los criminales, o eso dicen. En realidad no, todos los muertos tenemos el mismo destino. Mi castigo es solamente saberlo.

No oigo a Borya. Su letanía se ha detenido. Una fina línea que rompe la rutina y me asusta. Vuelvo al interior del panteón a tiempo de verlo. Su cuerpo desmadejado y roto junto a los cadáveres amontonados. Gosha continúa en su rincón, explotando gusanos, sin hacer nada. Quiero gritar. Deseo gritar y sólo consigo que la luz que emito parpadee sin control. Floto junto a su cuerpo, lo busco, su esencia ha desaparecido, sus manos quemadas por la tierra bendita parecen intentar agarrar algo invisible. Quizás tus oraciones hayan tenido respuesta al fin, pero no lo creo. Uno de ellos te ha devorado. Los miro. Los cadáveres descansan inmóviles, retorcidos en posturas imposibles. ¿Cuál de ellos?

El último cadáver. El niño. Los niños son los más crueles, actúan sin pensar en las consecuencias, sin saber lo que hacen. Reaccionan a los estímulos. Toman lo que encuentran a mano.

Gosha me mira, reacciona, se levanta y se acerca, preocupado por mi luz parpadeante. Es alto como una montaña, lo era más cuando estaba vivo. Gruñe. Lleva tanto tiempo muerto que ha olvidado cómo pronunciar las palabras. Mira el cuerpo de Borya, tirado en el suelo como un muñeco roto. Yo floto sobre el cadáver del niño. Gosha me mira.

Un gruñido de rabia sale de su garganta antes de lanzarse sobre el cuerpo del niño. Gosha lo levanta en vilo y le agarra el cuello con las dos manos, aprieta y aprieta aunque ya lo ha quebrado. Lo huesos crujen. Ese cadáver no podremos venderlo, pero no importa. Se trata de nuestra familia, eso es lo que somos. Olvidados por nuestras esposas e hijos, si es que los tuvimos alguna vez. Olvidados por todos, ahora sólo nos tenemos los unos a los otros. Criminales enterrados en suelo maldito que sólo sabemos robar cadáveres.

Empiezo a dar vueltas, inquieto, levanto aire que revuelve los cabellos de los difuntos. Gosha golpea el pecho del niño con tanta fuerza que el cuerpo sale volando y se estrella contra uno de los antiguos sarcófagos. Corro hacia él, gritando. Suéltalo, suéltalo. Borya es nuestro, es nuestro.

Los ojos del niño intentan abrirse. Siempre los entierran con los ojos cerrados. No me verás aunque los abras, niño. No me verás aunque consigas impulsar tu esencia fuera del cuerpo que te atrapa. Nunca me verás.

He dejado atrás el odio, el deseo y el miedo. Ahora sólo tengo cosas que quiero conservar, un trabajo por hacer. No te llevarás a Borya.

El niño abre los ojos, sus músculos se contraen en una mueca deforme, quizás una débil sonrisa. Los niños no lo entienden, no sienten nada, por eso son peligrosos. Gosha espera, sabe que es mi turno, mi momento; por eso están conmigo, porque yo los cuido, los protejo cuando las cosas van mal. Ahora estoy preparado. Miro fijamente esos ojos azules, recuerdan, respiran. Respira, niño, respira. El cadáver del niño lo hace, inhala una larga bocanada de aire y yo me cuelo por las aletas de su nariz. Con el tiempo aprenderá que respirar es sólo un recuerdo y que el aire no consigue llegar a sus pulmones, ni su corazón volverá a latir.

A veces siento deseos de quedarme dentro, tendría otra vez un cuerpo a mi disposición. Moverlo, levantar los brazos, ver a través de unos ojos. Me siento extraño ahora con esta visión limitada. Gosha está fuera de mi campo de visión. No me entretengo más y busco la esencia cautiva que ahora anima este cuerpo. No tardo en encontrarlos. Los veo. Están juntos. Dos pequeñas luces que dan vueltas una alrededor de la otra. Tengo que elegir la adecuada, sin Borya el niño no sabe qué hacer, pero no me importa.

Avanzo hacia ellos y las dos luces brillan más, yo las alimento. Se extienden hacia mí, las noto. Una esencia vieja y una esencia nueva. El niño busca e inhala sin saber qué está haciendo, Borya se siente fascinado por la presencia de su compañero y busca aquello que él ya ha perdido, se deja llevar sin resistirse. Borya siempre se ha dejado llevar. Tiro de él, tiro con tanta fuerza que se ve arrastrado hacia mi esencia. Lo cubro para que el niño no pueda llegar hasta él. Borya es el más débil de los tres y el niño no sabe todavía que estoy intentando quitárselo. Intenta seguirlo, se extiende como una mancha luminosa intentando agarrarme y agarrarlo a él, sólo que aquí no tienes manos y todavía no lo sabes. Tampoco puedes echarte a llorar, aunque lo desees. Ya aprenderás. A Borya también le cuesta.

Dejo al niño atrás, siento su confusión y su angustia. El camino de salida es largo y duro, y siento deseos de mirar atrás, de quedarme… Sólo un minuto, un segundo. El tiempo suficiente para levantarme y dar unos pasos, no sé si sabré hacerlo después de tanto tiempo. El tiempo suficiente para tocar, para explotar un gusano entre mis dedos, para abrir la boca y pronunciar una palabra, una única palabra, para dejar caer una lágrima. No, eso no podemos hacerlo. Siento que en vez de avanzar voy hacia atrás.

Me pierdo en medio de recuerdos que no son míos. Una rana en un estanque, una caña de pescar, risas, saltos, el sol una mañana cálida. Entiendo que Borya se deje llevar. Yo apenas conservo ya recuerdos, los de Borya son sólo la letanía que repite una y otra vez, la oigo de fondo, muy al fondo, por eso sé que está ahí, que no se ha perdido todavía. Que no me he perdido.

El niño se va haciendo más fuerte, sus recuerdos, sus emociones, tiran de nosotros. Le damos miedo, en nuestra esencia sólo ve muerte, un puñal entrando por la espalda de Borya, la presión en mi garganta cuando el verdugo pasó la soga sobre mi cabeza. Funerales bajo la lluvia, siempre bajo la lluvia. Las manos de Gosha escarbando, buscando, hasta encontrarnos.

No puedo salir.

El niño me abraza, mi luz se vuelve vaga y difusa mientras la suya brilla y mueve las manos. O las muevo yo. No distingo ya a Borya, no veo su luz, no lo oigo. Siento cómo se pone en pie el cuerpo que ahora me cubre, cómo damos unos pasos vacilantes, tropezando con los muertos. Veo a Gosha que me mira con ojos tristes. Pasamos junto a él y nos golpea. Caemos al suelo sin entender nada. Yo sí entiendo, pero no quiero que el niño lo sepa. Intento concentrarme en sus recuerdos para que no vea los míos. Gosha nos coge en brazos y nos lleva al exterior, a la tierra maldita, a mi tumba.

Donde todo empezó.

Sus manos remueven la tierra mojada con furia, remueven y remueven hasta que encuentran lo que queda de mi cadáver. No quiero verlo. Gosha lo sabe, nos cierra los ojos. El niño se rebela e intenta abrirlos. No le dejo. Todavía puedo resistir su esencia, todavía no es tan fuerte como yo.

Intentamos levantarnos, pero no podemos. Gosha ha empezado a enterrarnos por las piernas. La tierra maldita cae poco a poco sobre nosotros, mi cuerpo y el suyo, juntos. A tantos metros que tardaremos mucho tiempo en conseguir salir de allí. Ahora no lo entiendes, niño, mañana te sentirás frustrado, al día siguiente arañarás y patearás sin saber dónde está la superficie para poder salir. Y yo volveré a mi cuerpo original el día que ya conozca todos tus recuerdos y esperaré, esperaré pacientemente porque sé que Gosha volverá a sacarme. Y tú escucharás un día una oración y te calmarás, una oración que se repetirá una y otra vez hasta que te duermas, porque sólo se repetirá eso en tu cabeza. Y entonces Borya podrá volver a salir y será él quien controle tu esencia y maneje tu cuerpo, porque somos viejos y sabemos hacerlo y tú eres un niño impaciente.

Mañana, mañana, ahora simplemente voy a perderme en tus recuerdos, buscando una chimenea encendida y una comida caliente, el sonido de la lluvia desde detrás de una ventana. A veces me pregunto si mis recuerdos de la infancia son realmente míos.

Suelo publicar con el seudónimo de Raelana Dsagan, he participado en muchas antologías colectivas, un librojuego, una novela por entregas: Perséfone y acabo de publicar Hijos de Tayyll, mi primera novela en solitario. http://escritoenagua.blogspot.com.es/.

Un comentario en “La muerte alrededor

  1. Héctor

    De los mejores y más aterradores relatos de fantasmas que he leído en muchísimo tiempo. Me encanta esa lucha de voluntades, y cómo reflejas que se han ido alejando de quienes fueron, que sólo queda un despojo lleno de instintos y recuerdos sueltos de aquellos a quienes han devorado.

     
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