Los bastidores de Yisà

Un relato de Moisés Cabello

El polvo fluía denso como la miel a través del barrio de Antioquía. Esto no impidió a Mirna controlar el flujo de gente que lo transitaba durante la tarde.

En una vida anterior, cuando tenía padres, la calle le parecía anodina; tan sólo un montón de gente que iba de aquí para allá. Pero en la hermandad brahzarena el exterior era mucho más interesante. Ningún hermano ocultaba su condición en la red, lo que señalaba como herejes a cuantos pretendían anonimato. A pesar de todo algunos valientes o ignorantes mostraban el culto de cabecera en sus perfiles públicos, visibles para implantes de realidad aumentada. El software de la hermandad aprovechaba la información que cada usuario-ciudadano compartía en abierto para resaltar la realidad en función del culto. Así, en la Antioquía filtrada que llegaba al nervio óptico de Mirna destacaba un grupo de seres blanquecinos –brahzarenos–, cercado por una enorme masa gris de herejes que no compartían su confesión en abierto. Esta extensión anónima estaba a su vez moteada con colores dispersos –individuos de cultos específicos–. En sus paseos diarios procuraba no alejarse de los tumultos blanquecinos, sus hermanos.

―Mirna, ¿cómo va todo?

Al volverse descubrió a Rao, el maestro de la hermandad. Cuando la familia de Mirna murió en las revueltas que sucedieron a la instauración del gobierno concertado, Rao la adoptó al igual que a muchos otros brahzarenos. Su característico hábito blanco le hacía parecer algo más joven que sus cincuenta y dos años. Era el único con tal distinción, pues los demás brahzarenos vestían ropajes corrientes.

―Todo en orden, maestro.

―Buena chica. Cuando regrese del mercado tendremos una charla. Quiero enseñarte algo.

―Claro, maestro.

Con suerte dejaría de vigilar el barrio desde su ventana y se convertiría en una auténtica brahzarena de infantería. Superó la ceremonia pre-brahzarena con catorce años, cuando le implantaron el dispositivo de realidad aumentada bendecido por Rao. Una infección alargó el posoperatorio algunas semanas, pero no tardó en entrar en la red pública y ver de cada persona lo que compartía.

Sin embargo aquella capa de información que permeaba la realidad estaba al alcance de cualquiera. Para ver lo que sólo los brahzarenos podían aún debía aguardar a la verdadera ceremonia de iniciación.

Había oído historias, claro. El ritual se conocía como La Visión. Lo único que sabía de ella era que la experiencia se mostraba distinta para cada adepto, y por supuesto, que se trataba de una revelación. Sentir el poder de Yisà fluyendo desde la divina maquinaria de la hermandad hasta su alma. La culminación de la enseñanza brahzarena. La trascendencia.

Cumplía los requisitos: tener dieciséis años de edad y llevar más de dos dedicada a velar por la hermandad. Estaba lista.

Vio a Rao alejarse del edificio como un ángel, su halo blanquecino más luminoso que el de los demás. Aquel exceso aumentado delataba su posición en la jerarquía brahzarena.

―¿Contemplando la calle de nuevo? ―dijo otra voz a su espalda.

Mirna sonrió sin apartar la mirada. Era su hermano pequeño.

―No es tan aburrido, Alex. De todas maneras debo hacerlo.

―Pues claro que es aburrido. Antioquía no cambia por más que la mires.

―Ya lo entenderás cuando pases el primer ritual. Aún eres pequeño para implantarte.

―Siempre decís lo mismo ―dijo él encogiéndose de hombros―, apenas me quedan cuatro años.

Mirna comenzó a inquietarse. Un seguidor de La Vieja Mitra hacía de su halo violáceo parte fija del decorado de Antioquía. Llevaba en aquella esquina demasiado tiempo. Al principio habló con un hereje anónimo, pero el resto del tiempo permaneció allí, observando.

Sospechoso.

Alertó a los hermanos de guardia y les envió las coordenadas del hereje. En menos de cinco minutos, tres hombres pálidos de blanco brahzareno escoltaron al mitraísta lejos del campo de visión de Mirna. Su sonrisa se estiró de golpe al escuchar la voz de Rao.

―Gracias, Mirna. En breve daré contigo. Puedes dar por finalizado tu turno.

Aguardó en su habitación con creciente excitación. Hacía lo posible por no dar rienda suelta a sus nervios, pero cada conversación con Rao la acercaba a La Visión. Tomó entre sus manos la perpetua guardiana de su mesa de noche y dispersó el polvo de un soplido. En el retrato sus padres eran casi tan jóvenes como ella. A menudo los imaginaba con la edad que tendrían de seguir vivos. Él medio calvo y con barba semicana. Ella con más arrugas y unas ojeras que ya se adivinaban en aquel recuerdo.

―Mirna, Mirna.

―¡Maestro! ―exclamó ella incorporándose de un salto.

―Te felicito. Aquel mitraísta se dedicaba a rondar barrios brahzarenos para convertirnos. Incluso he llegado a oír historias de secuestros y cosas peores.

―¡No!

Rao siempre les advertía de la envidia que otros cultos sentían por La Visión brahzarena. Las narraciones de los intentos por arrebatarles el camino para llegar a Yisà eran terroríficas. Más oscura era la perspectiva de que tuvieran éxito, pues espantarían al hacedor. Yisà huiría del mundo brahzareno como ya lo hiciera una vez del mundo terrenal. Y no podían permitirlo.

―Eso me temo, Mirna. Pero gracias a tu ayuda no volverá a ser un problema.

Respiró hondo, a la vez aliviada y llena de orgullo. Aquel día toda la hermandad conocería su nombre. En su orfandad Mirna siempre tuvo miedo de que los adultos la olvidaran. Ya no era una niña, pero aún solía descubrirse buscando reconocimiento.

―Me alegra contribuir, maestro.

―Ven, quiero enseñarte algo.

―¿Puedo ir? ―dijo Alex.

―Cuando tengas la edad de tu hermana, pequeño brahzareno.

Los latidos de Mirna se aceleraron en contra de su esfuerzo por aparentar tranquilidad. ¿Sería verdad? ¿Le aguardaría La Visión? Siguió a su maestro alrededor del templo brahzareno con un incipiente cosquilleo en el estómago. El suelo arenoso amortiguó sus pasos hasta que llegaron a un callejón sin salida en los límites de Antioquía. Sólo el vago lamento de las sirenas se imponía sobre el silencio.

―Atenta ―dijo su maestro, y posó una mano en su hombro.

Permanecieron unos instantes contemplando el fondo del callejón sin que nada ocurriera. La pausa dramática logró su efecto: el palpitar de su cuello se asemejaba al temporizador de una bomba de inminente explosión. Dio un respingo cuando dos siluetas de un azul eléctrico surgieron de la oscuridad y empezaron a caminar hacia ella.

El pavor la llevó a cubrirse el rostro, pero Rao agarró con fuerza su mano y la obligó a mirar.

La maravilla apisonó el miedo tan pronto fue capaz de discernir los rostros de aquellos espectros de luz. Su maestro la contuvo una vez más cuando trató de correr hacia aquellas entidades.

―Sólo mira y siente.

Sus padres se detuvieron a escasos metros de ella. La piel de Mirna se erizó al sentir años de enseñanzas y creencias cobrar sentido; el testimonio del poder de Yisà se hallaba justo delante, algo que ningún no brahzareno presenciaría jamás. Las sonrisas de sus padres llenaron algún lugar de su alma que ni siquiera sabía que existía.

―¿De verdad no puedo ir? ―preguntó mientras miraba a su maestro.

―Sólo mira y siente ―repitió él.

Los fantasmas lanzaron un beso volado a su hija y este cruzó el aire en forma de esfera luminosa de la misma materia que sus creadores. Mirna dio un paso atrás, dudosa, pero dejó que aquella energía atravesara su pecho. Apoyó ambas manos en su esternón como si así contuviera una pizca. Sólo las lágrimas replicaron la silenciosa despedida de sus padres, que se alejaron tomados de la mano hasta desvanecerse en el aire.

Rao trastabilló cuando Mirna lo abrazó.

―¡Gracias, maestro! Gracias, gracias, gracias.

―No me las des a mí, Mirna. Espero que esto prenda tu determinación a la hora de honrar y defender a la hermandad brahzarena.

―Nunca dudaré, maestro. Nunca.

―Tu visión es para ti y así debe mantenerse. Lo que has presenciado te acompañará por siempre, y allí a donde han ido les seguirás si tu fe y lealtad continúan inquebrantables. Te reunirás con ellos, Mirna. Ahora conoces la recompensa por servir a la hermandad. Eres una brahzarena completa.

Mirna balbuceó palabras incomprensibles entre sollozos. Rao la apaciguó con algunas palmadas en el hombro y, tras mirar a su alrededor, la conminó a regresar. Parecía incómodo. Ella suplicó permanecer unos instantes más en aquel callejón. Dudaba que volviera a sentir algo tan intenso en mucho tiempo. Su maestro aceptó con la condición de que fuera breve. No eran horas para pasear por las afueras de Antioquía.

Mirna aguardó a la marcha de Rao para tomar asiento en el sucio asfalto. Allí cerró los ojos y aspiró profundamente, en un intento de continuar flotando en aquella nube de sensaciones. ¿Quién sabe? Quizá volvieran. Ya era una brahzarena completa.

Se incorporó de un salto en cuanto abrió los ojos. Una silueta fantasmal como la de sus padres se hallaba frente a ella con el dedo índice en los labios. Era un hombre, pero apenas poseía rasgos que lo hicieran reconocible.

―No grites, mocosa ―dijo el fantasma―. Quiero que transmitas un mensaje a Rao.

Mirna no podía cerrar la boca.

―¿Eres Yisà? No te imaginaba así.

―¿Yisà? Sí, claro. Soy el puto Yisà. Ahora escucha con atención. Di a tu maestro de mi parte que el plazo para el pago se reduce. Estamos hartos de darle prórrogas. El límite es esta madrugada, y sabe de sobra lo que ocurrirá si no cumple.

―Un momento, no hablas como Yisà. Más bien lo haces como su némesis del inframundo, Raván. Sólo él podría hablar de esa forma despectiva y calumniosa sobre mi maestro.

―Deduzco que Rao inventó a ese Raván para espantar visitas como la mía. Pero tú me harás caso, ¿verdad? Pareces buena chica, Mirna. Sólo díselo y no te molestaré más.

―¿Cómo sabes mi nombre?

―Oh, soy Yisà, lo sé todo ―dijo mientras extendía los brazos con burla teatral.

―¿Y si no lo hago? No me das miedo. ¡Mis padres me dan fuerzas!

―¿Pero qué carajo os pasa a los brahzarenos? Ah, ya entiendo, se trata de La Visión brahzarena. Mira, pese a que me han rechazado seis de los tuyos porque tu querido maestro me evade, trato de ser educado. He tenido un día realmente malo, se me acumula el trabajo y quiero dar carpetazo a este asunto sin hablar con un solo brahzareno más. Además, si tanto quieres a tu hermandad te conviene entregar este mensaje.

―¡No! ¡No! ¡No! ―exclamaba ella con las manos en las orejas.

El espectro puso los ojos en blanco.

―Me estás escuchando a través de tu implante, estúpida. Muy bien, nos está prohibido decir esto porque es malo para el negocio. Pero lo haré porque ya nadie da una mierda por los brahzarenos. Rao se ha vuelto incapaz de mantener a flote vuestro culto de pacotilla. Sois escoria, tan pequeños y aislados que creéis que el mundo gira en torno a este rincón de mala muerte. Vuestros implantes de realidad aumentada pertenecen a Industrias Yang, no a Rao ni a Yisá. Al menos hasta que los paguéis. La deuda brahzarena ha superado los dos millones de créditos.

―¡No te creo! ¡Y mis padres…!

―¿Tus padres? ¿Te refieres a ese remiendo de imágenes de archivo? ¿De verdad crees que esos maniquíes azules son de otro mundo? ¿Que los demás cultos os envidian? Ah, la inocencia del culto pobre. Tenéis implantes baratos y fáciles de infiltrar. Si sé tu nombre es porque veo todo lo que compartes con el resto de la hermandad. Tu querido Rao, claro, posee uno más moderno que no me permite contactar con él. Debe creerme tan idiota como para venir aquí en persona.

―¡Mientes! ¡Los demás cultos conspiran para llegar a Yisà sin ser brahzarenos! ¡Somos la envidia de los herejes!

Por un momento la resistencia de Mirna divirtió al fantasma. Sonrió ladeando la cabeza como un padre enternecido al descubrir las primeras travesuras de su hijo.

―Tu inocencia es provocadora. Los Nuevos Hijos de Jesús o los adeptos de la Yihad Global pueden pagarse nuestros neurocráneos sintéticos. Ven a sus muertos en carne y hueso y no como malditos fantasmas silenciosos. Sienten su tacto y notan las vibraciones de sus palabras en el aire. La hermandad brahzarena no es más que otro culto de bajo presupuesto que muere en la incubadora por no sobrevivir a la carrera de las sensaciones. Lo siento, chica.

―Rao nunca haría algo así ―balbuceó ella con voz quebrada.

La insistencia en mencionar a su maestro consiguió que el extraño gesticulara con furia.

―¡Rao es un proxeneta de tres al cuarto que se cree gran cosa por dominar el barrio con un puto videojuego! ¡Es patético! ¿Aún no te ha engañado para que folles con él? O quizá no sea necesario. Tal vez te viole por voluntad de Yisà, sin más.

―¿Pero por qué me cuentas cosas tan horribles? ―protestó Mirna entre lágrimas.

Sentía una desazón muy similar a la del día en que murieron sus padres.

―Es tarde y ya he dedicado tiempo de más a esta mierda. Mirna, pareces buena chica. Pide a tu maestro que nos pague esta noche, ¿sí? Lo que ocurra a partir de entonces será cosa suya, no nuestra.

―La visión… mis padres… Rao…

―Eh, no soy un vulgar asustaniñas. Para demostrártelo haré algo que no haría vuestro Raván. Te daré un consejo. Lo más probable es que tu maestro no pague y os deje tirados. Con tu implante y edad tienes posibilidades de sobrevivir a la represalia de mañana, pero lo mejor es que huyas esta misma noche, después de contarle lo que te he dicho. En silencio, sin avisar. Hazme caso, mocosa. No eres la única que ha crecido en una neosecta. Olvida a los brahzarenos.

Mirna siguió llorando después de que el fantasma se desvaneciera. La oscuridad se cernió sobre ella cuando los faros volantes abandonaron su calle para iluminar barrios más pudientes, lo que le hizo recordar el consejo de su maestro. Anduvo de vuelta hacia el templo brahzareno con paso presuroso.

Para que su maestro no dudara de su lealtad con la hermandad presentó su conversación con el espectro como una aparición de Raván. Por fortuna le restó importancia con un aspaviento.

―¿Acaso La Visión te pareció un embuste? ―preguntó Rao.

―Claro que no ―replicó, tajante.

―Raván sabe qué cuerdas tocar para corromper nuestras almas, Mirna. Pero jamás nos arrebatará La Visión, el sentir de Yisà.

―Y jamás lo olvidaré, maestro.

Cuando llegó a su habitación, Alex se interesó por lo ocurrido al ver los canales oscuros que las lágrimas habían trazado en el rostro de su hermana. Ella prefirió omitir el episodio de Raván y anunciar su nuevo estado de brahzarena completa. La insistencia de Alex para que detallara La Visión la irritó. Adoraba hacerse la interesante con su hermano, pero el fantasma había arruinado el poso que aquella experiencia irrepetible debía dejar en ella. Enfurecía cada vez que lo pensaba. Sólo creyendo que el fantasma era el némesis de Yisà podía descartar sus palabras como mentiras. Sin embargo, por mucho que proyectara al demonio sobre el extraño, nunca terminaba de asociarlo con Raván. Durante unos instantes llegó a verse a sí misma tomando a su hermano de la mano y huyendo lejos de allí.

Recordó la charla con Rao: su despreocupación ante el relato, el convencimiento de que se trataba de una manifestación del malvado Raván. Con esa idea en la mente se durmió.

Al día siguiente despertó tranquila. Experimentó un eco cercano de La Visión al ver el retrato de sus padres; en cambio, la conversación con el presunto Raván se hallaba enterrada en su memoria.

Punto para La Visión.

―Alex, ¿has visto al maestro?

Su hermano, quien a menudo despertaba antes que ella, negó con la cabeza. Al fin y al cabo Rao no solía estar a la vista de todo el mundo. Qué tontería. Pero ella ganaría en tranquilidad si tan sólo confirmara de boca de un brahzareno la presencia del maestro en Antioquía esa misma mañana. Entonces podría comenzar su primer día como brahzarena completa.

Decidió estirar las piernas en lugar de incordiar a la gente por la comunicación interna. Aquel canal se reservaba para cosas más importantes. Por desgracia, las pesquisas callejeras resultaron infructuosas. A medida que las negativas se acumulaban incluso entre gente cercana a su mentor, cada barricada de su mente cedía al desasosiego.

Se acercó a Yusuf, un amigo convertido en brahzareno completo hacía muy poco.

―Yusuf, ¿has visto a Rao?

―Hola, Mirna. Me he enterado de que anoche te iniciaste. ¡Felicidades! Sólo porque dejarás de preguntarme en qué consiste La Visión ya es una alegría. Respondiendo a tu pregunta, me temo que no hemos visto a Rao en toda la mañana. Pero a veces emprende pequeños viajes de los que nada cuenta, así que no te preocupes.

Como parecía distraído, Mirna le tiró de la manga.

―Yusuf.

―Dime ―replicó sin mirarla.

―Debo contarte algo que me sucedió anoche. Después de la iniciación…

Sintió una cuchillada encima de la oreja que la tiró al suelo entre gritos y pataleos de dolor. Era tan intenso que anulaba cualquier otra sensación o pensamiento. El daño parecía provenir de su sien izquierda y allí apretaba con tanta fuerza como era capaz. Las náuseas la dominaron. Después de un vómito prolongado el dolor remitió lo suficiente como para reparar en su entorno.

Yusuf y muchos otros gritaban y se retorcían como ella, sus manos en la sien izquierda. Algunos incluso se golpeaban encima de la oreja como si quisieran apartar a un animal que les mordía. Varios dejaron de moverse. En uno de ellos advirtió una mancha sanguinolenta a un lado de la cabeza, de la que salía un débil hilo de humo.

―¡Alex! ―exclamó, su rostro arrugado de dolor―. ¡Alex!

Consiguió incorporarse y desplazarse de cuclillas en busca de su hermano. Lo encontró en una esquina cercana, sollozando con visible confusión. Indemne, gracias a Yisà. Cuando iba a tomarle de la mano, Alex perdió su característico blanco brahzareno. Mirna agitó la cabeza con frustración y volvió a mirarlo, pero su hermano mantenía el color carne que olvidó que una vez tuvo.

El mundo se le vino encima. Al contemplar la plaza notó algún tipo de entumecimiento en la cabeza. Era incapaz de distinguir herejes de brahzarenos, menos aún de enfocar sus nombres o perfiles públicos. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue una persona trajeada caminando hacia ella entre un montón de cuerpos que se retorcían.

Despertó bajo una luz blanquecina. El color del foco consiguió tranquilizarla unos instantes.

―Ya despierta ―escuchó a su hermano.

Al abrir los ojos lo encontró junto a un hombre de mediana edad e impecable porte. Por más que lo miraba era incapaz averiguar su nombre o confesión.

―Este señor ha pagado tu ingreso, Mirna. Me ha dejado estar aquí contigo.

―Supuse que no me harías caso, mocosa ―dijo el extraño―. Sobrevivirás, el implante aún no se había fundido lo suficiente y tu juventud se hará cargo de las escasas lesiones. Ahora sí que puedo dar este asunto por concluido.

Reuniendo todas sus fuerzas, Mirna consiguió hablar antes de que el individuo hiciera ademán de marcharse.

―Demuéstrame que esto no ha sido obra de Raván.

El hombre sonrió mostrando una dentadura inmaculada.

―Oh, no seré yo quien prive de culpa a tu diablillo brahzareno. Me conviene que creas que esto ha sido cosa de Raván y no un ajuste de cuentas con bomba de pulso de por medio. Aunque tal vez hayas creído lo que convenía a otros durante demasiado tiempo, ¿no te parece, mocosa?

Se puso unas gafas de sol y salió silbando a paso tranquilo.

―¿Y ahora qué va a ser de nosotros? ―exclamó Mirna antes de que atravesara la puerta.

―¡No es mi problema! ―replicó el extraño sin detenerse.

―He oído que no volveremos a ver a Rao ―dijo Alex cuando el desconocido se marchó―. ¿Es cierto? ¿Ya no hay hermandad?

Mirna miró durante unos instantes a su hermano, pensativa. El tono de su voz reflejaba un temor que creía olvidado. El pobre no entendía nada.

―Alex, ¿recuerdas el día de las revueltas contra el nuevo gobierno? ¿Cuando murieron papá y mamá?

―Recuerdo que sonó el teléfono. Era de noche. Tú te pusiste a llorar, luego lloré yo, recogimos algunas cosas y huimos de casa.

Reconoció en él a la Mirna de aquel día. Solo que ella no tuvo hermanos mayores que la tranquilizaran.

―El teléfono ha vuelto a sonar, Alex. Pero esta vez no habrá lágrimas, ni carreras en mitad de la noche, ¿entendido? Ven, dame la mano.

Moisés Cabello (Tenerife, 1981) tiene debilidad por la literatura de género en general y la especulativa en particular. Gusta de mostrar al mundo sus desbarres en islafronteriza.com.

2 comentarios en “Los bastidores de Yisà

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