Mal menor

Un relato de Alfredo Álamo

Llovía fuerte, duro, formando una cortina gris que a duras penas dejaba ver más allá de un par de metros en cualquier dirección. Ya se habían formado torrenteras entre los adoquines que cubrían las calles del zoco, arrastrando barro, papeles y sangre, una sangre que se acumulaba en torno a pequeños desagües incapaces de tragar toda aquella basura, inundando parte de las aceras y manchando los bajos de varios tenderetes.

Akil nunca había visto nada parecido desde que tomara posesión de su cargo como Sahib al Surta, ni siquiera de su época como simple oficial de la guardia. Sólo hacía un par de horas desde que el primer aviso le sacara de la cama. La ciudad, cuando llegaban las primeras lluvias de septiembre, quedaba colapsada sin importar la hora, aunque fuera de madrugada, como era el caso.

Al bajar del carro fue el teniente Kadin, uno de sus mejores hombres, el que acudió a informarle. Estaba completamente empapado y tenía el rostro blanco como la cera.

—Sahib —dijo, intentando mantener la compostura—, gracias a Alá que ha llegado. Los hombres están muy nerviosos.

—¿Cómo ha sido? —preguntó Akil, mientras la lluvia empezaba a azotarle— ¿Cuántos son?

Kadin señaló un montón borroso al otro lado de la calle, junto a dos puestos del zoco, ahora cerrados.

—Diez cuerpos, Sahib —contestó, caminando hacia el montón—. Presentan heridas de bala en el pecho y en la espalda. Hay dos que han sido rematados con arma blanca. Les cortaron el cuello.

Akil contempló los cuerpos amontonados; sus hombres habían extendido los toldos de los puestos del zoco para intentar guardar a los cadáveres de la tormenta. Un par de linternas a duras penas iluminaba la zona. Akil dio gracias en silencio, lo último que deseaba era contemplar aquel espectáculo en toda su crudeza.

—¿Algo más? —volvió a preguntar.

El teniente alargó la mano mostrando un rosario católico.

—Eran católicos, Sahib. Todos llevaban rosarios y alguno de ellos hasta pequeñas biblias en anglo. Y fíjese —señaló—, por su aspecto podrían ser recién llegados.

Su subordinado tenía razón, la piel de aquellos desafortunados estaba roja, hinchada, tirante. Ni siquiera la pérdida de sangre podía disimular aquella marca. Los que visitaban Balansiya, sobre todo anglos, francos o germanos, todos ellos de piel extremadamente blanca, pasaban por un par de días de molestias con una insolación. El sol del mediterráneo no era como las pálidas luces del norte.

—Tenemos sus papeles —continuó el teniente—, carteras, dinero, relojes… No ha sido un robo, Sahib.

Eso era lo que les ponía nerviosos, pensó Akil. Balansiya era una ciudad tranquila, con robos ocasionales, la mayor parte de ellos de poca monta. Una masacre de extranjeros, sin motivo aparente, realizada con armas de fuego, algo fuera del alcance de cualquier criminal conocido en la ciudad, no podía augurar buenas consecuencias. Akil lo sabía y sus hombres también.

—Avisad a los jesuitas —ordenó, limpiándose las manos de sangre en la lluvia—, no quiero que haya problemas con el trato de los cuerpos. Tenemos que ser muy cuidadosos a partir de ahora.

—Sí, Sahib.

—Manda mensaje al consulado Anglio. Si son ciudadanos suyos, tienen que saberlo. Avisad también al Cadí Mansur —añadió, tras pensarlo unos segundos—, es el más apropiado para llevar la situación.

El Cadí Mansur era el mejor juez que podía llevar el caso, desde luego. Había sido embajador en Anglia y Germania, conocía bien el entramado internacional y a los cónsules de la ciudad. También era cierto que era un hombre anciano, manipulador y frío. Pero lo peor de todo, lo que le disgustaba de tratar con él, es que había sido amigo de su padre.

La lluvia arreció con más fuerza.

—¿Algo más, Sahib? —preguntó el teniente.

—Díga a los hombres que tengan mucho cuidado. Al retirar los cuerpos, que vuelvan a registrar la zona. Mañana a primera hora quiero un informe sobre mi mesa.

—Así se hará, Sahib.

Faltaba poco para el amanecer. Akil atravesó la cortina de lluvia hasta el carro que le había traído. El camino de vuelta le pareció mucho más largo que la ida. El centro, lleno de callejones y revueltas, dejó paso a los jardines de Russafa. La lluvia arrancaba fragancias a las flores del inmenso jardín, limpiando el aire, trayendo un poco de paz.

Una vez en casa, durmió.

No pudo evitar las pesadillas.

***

Amaneció con un ligero rastro de nubes en el cielo. Akil desayunó sin hambre, apenas una taza de té, provocando las iras de sus criados y el enfado del cocinero. Conseguir que el Sahib comiera correctamente se había convertido en una conjura entre todos los criados de la casa. Tras aguantar las protestas del servicio, Akil se puso el uniforme que le distinguía como oficial de la guardia; la capa larga de seda era casi el único detalle árabe que quedaba en unas ropas claramente occidentalizadas. No solía ir armado sin motivo, pero decidió ajustarse el revólver anglio de ultramar Colt a la cintura.

Al salir hacía un día hermoso. La brisa corría tranquila y fresca, las calles estaban limpias. Casi todas, pensó, hay callejones esta mañana que necesitarán de mucha lluvia para volver a ser lo que eran.

El palacio de la guardia estaba en el centro de la ciudad, junto a la mezquita y a la residencia del rey. Era un edificio de apariencia austera, como la mayor parte de construcciones de la ciudad, pero que en su interior guardaba jardines de flores aromáticas y fuentes con serpentines y varios niveles, paredes cubiertas de azulejos brillantes y, en el sótano, celdas y calabozos que nunca habían visto la luz del sol. Todo lo contrario que su despacho, desde el que se podía admirar el cielo dolorosamente azul, típico de septiembre, reflejado en destellos dorados desde los cien minaretes de los que se enorgullecía la ciudad. Akil observó la cantidad de mensajes que tenía pendientes sobre su mesa. No le extrañó lo más mínimo.

—Sahib, el Cadí Mansur está esperando —le informó Nasser, su ayudante, apareciendo de la nada—. ¿Le hago pasar ya?

Nasser era un hombre mayor, de edad indefinida. Había servido también a las órdenes de su padre en el ejército pero, a diferencia de muchos otros, jamás hablaba de él. Al menos no en su presencia.

—Que pase —dijo, tras correr ligeramente las cortinas.

Qué remedio, pensó Akil. Sabía que el Cadí no iba a ser fácil de tratar. Era un tradicionalista en cuanto a las formas, en la apariencia siempre justa y recta. Era lo menos que se podía pedir a uno de los máximos responsables de inteligencia y seguridad.

Mansur no tardó en entrar. Vestía a la manera clásica, envuelto en una chilaba de seda amplia y de color blanco; avanzaba con el apoyo de un largo bastón de caoba. Tenía el rostro lleno de arrugas y su barba, larga y lisa, le llegaba hasta la mitad del pecho.

Akil le señaló una pequeña mesa octogonal, donde Nasser, bendito por Alá, había dejado hecho un ligero té. Con los cadíes y nobles había que hablar como amigos, interponer la mesa del despacho entre ellos hubiera significado desconfianza.

—Cadí —dijo Akil, alzando la tetera—, es un honor que se acerque hasta aquí; yo mismo hubiese ido a su casa para terminar de informarle.

El anciano asintió con rapidez, dando a entender que podían saltarse el habitual protocolo. Akil suspiró aliviado y sirvió la bebida.

—La situación es peor de lo que parece —dijo el Cadí, levantando una de las tazas de porcelana—, en la embajada Anglia hablan de una posible persecución religiosa.

Akil negó con la cabeza.

—No tiene sentido, saben perfectamente que en esta ciudad llevamos más de un siglo sin ese tipo de problemas. Bastante tenemos manteniendo a los castellanos y castlanes en equilibrio fuera de nuestras fronteras como para darles motivos religiosos. Estarían a las puertas de la vieja muralla en menos de una semana.

—Religiosa —susurró el Cadí—, entre ellos.

Akil sorbió un poco de té, mientras componía la situación que planteaba el anciano.

—¿Católicos y protestantes? —dijo por fin—. Pero si han luchado juntos contra el Turco durante doscientos años.

—En efecto. Pero el Turco ya hace una década que abandonó Europa para avanzar al este, hacia la India. Diez años en los que la paz ha traído a los infieles peleas, disputas y trifulcas. Por lo visto, no pueden vivir sin pelear con alguien, sea turco, pagano o creyente.

—¿Los castellanos entran al juego?

La posibilidad de que Castilla se girara hacia el Este hacía que Akil sintiera verdadero miedo. Las abuelas aun contaban a sus nietos las historias de la vieja guerra.

—Por ahora tienen bastante con sus posesiones de ultramar. La disputa parece estar entre germanos y anglos. Los francos están divididos, al menos por el momento.

Akil dejó la taza sobre la mesa, se levantó y avanzó hacia la ventana. El sol empezaba a golpear duro sobre el cristal, la ciudad brillaba como si estuviese hecha de metal.

—¿Por qué aquí? Somos una taifa minúscula. Sin el apoyo del Sultán de Argel, ni siquiera existiríamos.

—No lo sé. ¿Atraer el interés de los castellanos? ¿Dar una excusa para volver a la guerra contra el Islam? ¿Simple oportunidad? Ni siquiera sabemos qué facción ha podido cometer esa matanza, pudieron ser protestantes, ultra católicos, traficantes de armas…

—Agentes del Turco —añadió Akil, casi sin darse cuenta.

—Agentes del Turco, sí —sonrió el Cadí—, no podemos desdeñar esa posibilidad. Después de todo, no le importamos nada.

—Cierto. La verdad es que no sé por dónde empezar. Haremos un seguimiento de los últimos extranjeros llegados a la ciudad que…

—En realidad, no —dijo el Cadí, incorporándose—. Nada de eso. El caso estará cerrado mañana.

Akil parpadeó desconcertado. Volvió a la mesa, junto al Cadí.

—No puedo cerrar el caso sin resultados, los anglos se nos echarían encima —se quejó.

—Entonces encuentra al culpable y cierra el caso. Tienes dos días.

El rostro del Cadí se endureció, Akil maldijo en silencio.

—Si, Cadí Mansur. Encontraremos la forma —dijo finalmente.

El anciano asintió. Con un ligero esfuerzo se levantó, apoyado en su bastón.

—Tu padre era el que se encargaba de estos asuntos —dijo el anciano, antes de salir.

—Mi padre está muerto, Cadí —contestó Akil, sintiendo cómo su boca se volvía del tamaño de una navaja.

Esperó a quedarse sólo y volvió a su mesa. Contempló, no sin rabia, los distintos informes que esperaban su firma. De un solo golpe tiró los papeles al suelo.

El sol en la ventana comenzaba a ser molesto.

***

El cañamelar era perfecto para ocultarse, llevaban allí desde el último atraco y no habían visto a nadie de la guardia de caminos ni por asomo. Hacía demasiada humedad y los mosquitos eran como un pulgar de grandes; cualquier hombre que no fuera de la zona, además, acabaría perdido entre el bosque de cañas y juncos, si no ahogado en un marjal traicionero.

La zona, por si fuera poco, no quedaba lejos del mar o de la Albufera, así que podían salir a por provisiones o contrabando aprovechando la noche. En media jornada les bastaba para ir y volver, cargados de alimentos o de cajas llenas de cigarros puros. Luego mandaban a los más jóvenes a repartir el tabaco por los pueblos de alrededor, incluso a las puertas de Balansiya, donde los guardias todavía aceptaban un par de monedas a cambio de mirar hacia otro lado.

Omar llevaba dos años como jefe de la banda. Ni siquiera tenían un sobrenombre; eran, simplemente, un pequeño grupo de bandidos y fugitivos. Por lo que él sabía, eran el último de esos grupos; cuando él era joven, sin embargo, recordaba que los grupos de bandidos proliferaban en los caminos hacia la capital. El viejo Sahib Al Surta de Balansiya se había mostrado especialmente eficaz cazando fugitivos y aplicándoles la ley coránica. El Surta actual tenía fama de hombre justo y bondadoso, pero mantenía la habilidad de su antecesor para la emboscada. De tal palo, tal astilla. La verdad es que lo tenía más fácil, ya casi no quedaban sitios donde esconderse, ni siquiera en los montes.

—Omar —dijo Asad, uno de los jóvenes. Acababa de llegar de Benimaclet y Alboraya, donde tenía familia y vendía cigarros a cambio de comida.

El jefe de los bandidos dejó a un lado su viejo fusil, una verdadera antigüedad hecha a mano por su abuelo, y le indicó al joven que se acercara.

—Dime Asad, ¿qué noticias traes? ¿Está tu familia bien?

—Mis tíos siguen como siempre —contestó Asad—, trabajando en la huerta desde el alba, no saben hacer otra cosa. Sólo he logrado vender la mitad de la mercancía —añadió—, había muy poca gente por las calles.

Omar frunció el ceño. Los pueblos pequeños, sus escondites para el invierno, estaban volviéndose nada más que cuatro casas a pasos agigantados. Los jóvenes marchaban a la ciudad o a los pueblos grandes, hartos del hambre y las plagas.

—Ven Asad, ven conmigo hasta la colina.

La colina era un montículo en mitad del cañamelar desde donde podía verse incluso el mar, si el día estaba despejado. Omar llevó al joven bandido hasta allí y señaló hacia el norte.

—¿Qué es lo que ves hacia allí, Asad?

El joven contempló el horizonte.

—Humo, Omar, columnas de humo.

—Son chimeneas. Cada columna negra es una fábrica, una torre de Babel, una afrenta para Alá. Las fábricas se llevan a la gente como tú, a tus primos, a los niños e incluso a las mujeres. Apartan a la gente de sus casas y familias, ocupan bosques y playas. En la ciudad llaman a esto progreso, incluso revolución.

Asad asintió. Omar le apreciaba mucho, era probable que incluso fuera hijo suyo. Había crecido de campamento en campamento, sin un hogar que pudiera llamar suyo excepto, quizás, el propio cañamelar.

—¿Desaparecerán los pueblos? —preguntó mientras Omar ya bajaba la suave colina.

—A decir verdad, no lo sé —contestó—. Supongo que sí, que algún día todo serán ciudades y fábricas. Y no habrá sitio para gente como nosotros. Pero hasta entonces, mientras los caminos estén despejados y nos quede algo de pólvora —añadió, levantando su viejo fusil hacia el cielo—, seguiremos siendo libres.

Volvieron al campamento sin mucha prisa. A Omar le crujían las articulaciones por la edad y alguna que otra paliza ocasional, cortesía de guardias o contrabandistas.

Nadie hacía guardia. Eso fue lo primero que vio Omar al acercarse. Siempre había dos hombres cuidando el campamento, siempre. Entonces sonó el primer disparo y, como la señal de salida en una carrera, decenas, cientos de ellos. Las cañas y los juncos se combaron bajo el paso de las botas, cayeron al suelo a machetazos. Soldados, pensó Omar, han enviado soldados

Empuñó su viejo fusil y disparó, sin apuntar, para luego agarrar a Asad de la chilaba y volver hacia donde el cañamelar era más profundo. Los gritos de sus hombres se mezclaron con más disparos. Empezó a notar olor a quemado, seguramente habrían incendiado las cañas. Sólo tenían una oportunidad.

—¡Corre, Asad! —gritó, empujando al chico hacia delante, tratando de que lo dejara atrás. Si se quedaba con él no llegaría muy lejos.

Pronto lo perdió de vista en aquel laberinto. El bandido apartaba los juncos con toda la velocidad de la que era capaz, pero los disparos sonaban cada vez más cercanos. Giró hacia el norte para encontrarse un muro de llamas que acudía a su encuentro. Y allí, entre el humo y el barro, el cuerpo de Asad cosido a balazos, ensangrentado y deshecho.

Lo encontraron allí, de pie, con el fusil rendido, llorando. Entre cuatro soldados lo redujeron a golpes de culata.

Ni siquiera se resistió.

***

Siempre hacía frío en los calabozos, la piedra con la que habían sido construidos parecía tener el corazón de hielo. Los guardias solían dejar en la oscuridad a los prisioneros durante horas; luego, mientras comían, dejaban cerca de las puertas unos fanales grasientos que a penas poseían fuerza como para iluminarse a sí mismos.

Así había sido durante siglos y aunque Akil detestara aquellas celdas, sótanos y costumbres, no tenía tanto poder sobre los cadíes como para cambiar algo. En dos años sólo había logrado mejorar las comidas y permitir baños. Nada, en realidad. Sólo migajas para acallarle.

El hombre que caminaba delante de él por los míseros pasillos que articulaban el laberinto de los calabozos daba la impresión de estar tallado en la misma fría roca. Por lo que Akil sabía, llevaba allí abajo toda su vida; por lo menos él no tenía noticia de que hubiera salido jamás a la superficie. Se movía en la penumbra con la seguridad de un gato. También compartía la misma sonrisa cruel de los felinos.

—Aquí es, Sahib —dijo el hombre, deteniéndose frente a una de las puertas, exactamente igual a cualquier otra allí abajo. Extrajo una llave negra, pesada. A Akil le dio la impresión que aquella llave tenía más de cien años. Pese a todo, giró en la cerradura con soltura, abriendo la puerta.

—Espere fuera —le ordenó Akil, levantando su propia linterna, antes de entrar en la celda.

La luz anaranjada iluminó con dificultades aquella habitación, como si la oscuridad se resistiera a abandonar a su último huésped. Akil sabía quién era, Omar Ibn Yussuf, bandido, asesino, contrabandista y una leyenda viva entre los pueblos de la costa. Había escapado incluso a su padre, lo cual quería decir que llevaba mucho tiempo viviendo como un fugitivo. Demasiado.

Akil acercó la linterna logrando disipar las tinieblas. Omar resultó ser un hombre mayor, muy mayor, con el rostro surcado por mil canales labrados por el sol y el aire libre. Estaba atado, sentado sobre un taburete. Estaba lleno de magulladuras y golpes. Todavía olía a humo.

—Omar Ibn Yussuf —dijo Akil, buscando sus ojos. Estaba despierto. Pese a lo que podía aparentar aquel ajado exterior, el hombre mantenía la mirada dura e inteligente—. ¿Sabes por qué estás aquí?

El bandido esbozó una media sonrisa.

—¿Por ser un hombre libre? —contestó. Su voz era suave, grave.

—Se te acusa de muchos cargos. Has llevado una vida al margen de la ley durante años, Omar.

—De acuerdo —contestó—, ¿y si acabamos de una vez? Soy un hombre anciano, cachorro. Aplícame la ley de tu padre y acabemos con esto de una vez.

Akil enarcó una ceja, sorprendido; desde luego, aquel hombre no era ningún idiota.

—Así que sabes quién soy.

—Incluso aquí, tan hondo como estamos, llegan las voces de algunos pájaros. ¿Por qué? —preguntó de repente— ¿Por qué enviar soldados a por cuatro bandidos?

Akil desvió su mirada hacia la llama de la linterna. Después de todo, merecía saberlo. ¿No era esa la razón de venir hasta aquí?

—Hace dos días, durante la última tormenta, alguien asesinó a diez anglios en el zoco. Ejecutados sin piedad.

—¿Y qué? ¿Qué tiene eso que ver con nosotros? No he estado en Balansiya desde hace años, ni siquiera recuerdo la última vez que pasé las murallas.

—No es sencillo de explicar. La situación no puede prolongarse, la ley necesita un culpable.

Omar rió con una carcajada gutural, casi una tos.

—Muere un puñado de infieles y corréis al marjal a matar niños y capturar ancianos. ¿Esa es vuestra ley? Escupo sobre ella.

—Eres libre de hacerlo —contestó Akil, incómodo—. No estoy orgulloso de esto, me creas o no, creí que debías saberlo. Que había un sentido, que había algo más.

Omar negó con la cabeza.

—No le veo ningún sentido.

—Vas a confesar tu participación en el crimen de los anglios. He traído una confesión para que la firmes.

El bandido no contestó.

—Mañana tengo que darle un culpable a los Cadíes —siguió hablando Akil—, les diré que fue un robo que acabó en tragedia, que los bandidos de los caminos son gente cruel y despiadada. Les mentiré y ellos sabrán que es mentira. Y luego ellos mentirán con mis palabras a los anglios, y ellos a los germanos, y a los francos; incluso la noticia llegará a los Castellanos, puede que hasta el Turco llegue a enterarse. ¿Y sabes para qué servirá esa mentira? Para evitar una guerra absurda entre infieles, para que el mes que viene los cañones castellanos no reduzcan toda la ciudad a escombros, para que no haya más niños muertos, ni mujeres violadas.

—¿Y para qué me lo cuentas? ¿Para qué necesitas mi firma? Fírmalo tú, Sahib Al Surta. Nadie va a enterarse nunca de quién mató a los Anglios, ¿no es cierto?

—Creí que sería lo correcto —dijo Akil—. Un hombre debe saber por qué muere.

—¿Has venido sólo por eso? ¿Para que comprenda? Lo que has hecho está mal, Sahib. Nada de lo que me digas aliviará eso. Arderás en el infierno conmigo.

—No lo niego. ¿Firmarás?

—No. Nunca. Es mi última libertad, no formaré parte de vuestras mentiras.

—Como quieras.

Los dos hombres se miraron en silencio.

—¿Lo harás tú? —preguntó Omar— ¿O mandarás a otro?

—Es mi deber, no puedo dejarlo en otras manos.

—Tu padre habría hecho lo mismo. Lo llevas en la sangre, ¿verdad? Espero que disfrutes tanto como lo hacía él.

Akil sacó el revolver de su funda. Amartilló el percutor y apoyó el cañón contra la nuca de Omar. Yo no soy mi padre, pensó, tratando de convencerse.

—Que Alá me perdone —dijo, antes de apretar el gatillo.

Si el hombre en las sombras, frío como la misma roca, escuchó el disparo, no dio muestras de haberlo hecho. Apenas cambió su sonrisa.

***

La ciudad no brillaba dorada con el sol de otoño. El viento se había girado desapacible y húmedo. Las torres de las fábricas casi superaban en número a los minaretes. El zoco vendía baratijas para los visitantes en lugar de sedas de Damasco.

La lluvia volvió a apoderarse de la ciudad. Desde su ventanal, Akil seguía con la mirada las gotas al impactar contra los charcos, contra los carros, la gente, las cúpulas de la mezquita. No hay lluvia en el cielo para limpiar de sangre las calles, pensó, ni para limpiar mis manos.

Siguió lloviendo hasta caer la noche. Las nubes ocultaron las estrellas. Llegó entonces el silencio, y con él, la paz.

Alfredo Álamo (Valencia, 1975) escribe bordeando territorios fronterizos, entre sombras y engranajes, siempre en terreno de sueños que a veces se convierten en pesadillas. Actualmente es el Coordinador de la red social Lecturalia.com al mismo tiempo que sigue su carrera literaria.

3 comentarios en “Mal menor

  1. Crystal

    Me ha resultado francamente agradable de leer. Mi enhorabuena al autor: la ambientación, los personajes, el pedacito de historia, todas esas piezas componen un cuadro con mucha vida.

    (Y gracias a Daurmith por recomendarme leerlo!)

     
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