Siempre será nuestro bosque

Un relato de Ekaitz Ortega

Padre e hijo navegaban por el bosque de anchos troncos y hojas muertas. La barca se mecía sobre la hierba avanzando hacia el sur. El manejo de los remos era más sencillo de lo esperado. Al principio pensó que costaría avanzar, pero con cada brazada dejaba atrás un par de metros y se sentía más seguro. Llevaban horas esquivando los lugares más frondosos por donde no pasaría la barca y sobrepasando centenares de árboles. Ninguno de los dos se mareaba. Temió que su hijo lo pasara mal allí subido, pero cuando despertó en el bosque ya debía llevar meses esperándole y parecía acostumbrado a la extraña sensación de movimiento. Estaba aburrido y ausente. El saludo mutuo fue tan frío como lo merecía la situación, verse tras la muerte no era un acto que les ilusionase. Tras unas pocas palabras cogió los remos y decidió ir a algún lado, chocó contra los árboles y tuvo miedo de astillar la embarcación, pero ésta no pareció sufrir daños. Acabó acostumbrándose al manejo, y, aunque era complicado esquivar ciertos árboles o pasar por estrecheces u oleaje que llegaba ocasionalmente de cualquier dirección, no sufrió demasiado en el avance.

Llevaban horas sin hablarse. Él remaba intentando mantener la misma dirección y su hijo descansaba tumbado delante, con la mirada perdida en el cielo y los pies rozando sus piernas. No dormía ni hablaba. Sólo observaba el cielo sin nubes que se podían entrever cuando el ramaje perdía espesura. Tenía ojos tristes, distintos a los que recordaba.

—Aquí no hay sombras —dijo el padre, buscando la suya a su alrededor, bajo su cuerpo y en la lejanía.

—No. No he visto la mía. Supongo que ya no nos hacen falta, ya no estamos vivos.

—Sí, pero me siento raro, vacío. Inseguro.

—Te lo repito, ya no estamos vivos. Las sombras no servirían para nada.

Observó a su hijo, parecía que hubiese madurado varios años en aquel tiempo. Su tono de voz era cortante y lanzaba las frases como si fuesen disparos llenos de odio hacia él. Intentó entablar conversación sobre el bosque o la situación de que el barco flotase en la hierba, pero él no quiso darle respuestas largas. Simplemente le decía lo que sabía y callaba. Al final no le quedó otra alternativa que preguntarle lo que rondaba su cabeza desde que despertó en el barco.

—¿Eres mi hijo?

—Sí.

—Esto es demasiado extraño. Recuerdo mi muerte, lo que hice, pero ahora despierto aquí y nunca había oído hablar de un sitio así. Es un sitio tan… distinto. Siento que soy yo, noto el aire en la piel, el mareo, un suave dolor en las muñecas, pero es como si todo esto no fuese nada, con este… simple vacío. —Era incapaz de encontrar las palabras que buscaba— ¿Qué piensas tú?

—Llevo aquí suficiente tiempo como para saber que esto es real. La balsa se ha movido lentamente en todas direcciones. A veces duermo y despierto en otro lugar muy distinto al que recordaba, pero sé que es el mismo bosque.

—¿Cómo?

—Lo sé. Igual que tú lo sabrás.

Creía entender lo que decía su hijo, pero quería que verbalizara sus pensamientos para poder aclarar los suyos.

Navegaron en silencio durante horas; cuando parecía que, en la distancia, desaparecía el bosque, volvía la espesura. Era muy complicado guiarse, pero gracias a las briznas de luz que se colaban entre el ramaje sabía que no avanzaba en círculos. Al anochecer encajó la balsa entre dos árboles, para no perder la orientación ni dejar que la marea de hierba les moviese a su antojo.

—¿Cómo aparecí aquí? —le preguntó a su hijo. Todavía no tenía sueño.

—No lo sé. Apareciste. Igual que lo hice yo antes.

Al día siguiente, cuando la mañana ya avanzaba, le dijo que le preguntase cualquier cosa que quisiese. Su hijo entornó los ojos un segundo, pensando, y luego preguntó.

—¿Cómo estaba mamá?

—Más delgada, pero bien. Te echaba mucho de menos, nunca comprendió bien lo que ocurrió.

—¿Crees que vendrá?

—Todavía no. Le quedan muchos años de vida. Su sombra está muy lejos y se acerca con una lentitud casi inapreciable. A veces no están en la misma habitación, ni se ven.

—Me alegro por ella, allí está mucho mejor que aquí. Además, no sabemos si vendrá a esta barca o si seguiremos aquí cuando llegue.

—Yo no sé nada.

—Aquí es difícil.

Fue a preguntar algo pero un objeto extraño captó su atención: el pico delantero de otra barca asomaba de la hierba a su izquierda.

—Mira.

Se acercaron hasta llegar junto a la embarcación hundida. Parecía que hubiese sido partida por la mitad; la madera era como la de su barca, no estaba roída ni parecía envejecida por el tiempo. No encontraron rastro de vida.

Hizo un gesto de negación a su hijo, que estaba mirando arriba del árbol contra el que estaba varada la barca destrozada. Siguió el tronco con la mirada y encontró algunas ramas quebradas.

—¿Crees que hay alguien arriba?

—No.

—Yo tampoco. Pero parece que han intentado subir.

No entendía qué podía empujar a alguien a subir a uno de los árboles. Desde que estaba allí no tenía hambre y, tampoco sabía distinguir qué clase de árboles eran, pero no creía ver frutas. La única posibilidad que se le ocurría es que quien fuese el ocupante de la balsa hubiese subido por desesperación, huyendo de algo. O tal vez por aburrimiento. Si aquel viaje continuaba durante días y no llegaban a ningún lado, empezaría a tener pensamientos oscuros y sabía lo que ocurría cuando se apoderaban de él.

Una vez que comprobaron que no encontrarían nada, continuaron el camino. El padre tenía los brazos un poco agarrotados de remar, aunque los remos se hundiesen con facilidad en la hierba, el movimiento terminaba por cansar sus articulaciones. El niño era demasiado pequeño como para poder remar sin tener que levantar los brazos por encima de los hombros. Aquel día el recorrido parecía más complicado y encontraron multitud de obstáculos y zonas que no pudieron atravesar.

Llegado un momento comenzaron a coger velocidad sin que él remase; debían haber encontrado un descenso; aunque la hierba seguía meciéndose igual, su horizontalidad se escoró y empezaron a descender.

—Mete dentro las piernas —le ordenó a su hijo, que le obedeció sin rechistar.

Miraban con preocupación hacia dónde se dirigían, temerosos de encontrar un obstáculo insalvable con el que chocasen de frente. Pasaron junto a un árbol, que rozó la barca provocando un ruido seco que hizo palpitar sus corazones con mayor velocidad. Contuvieron la respiración. Cruzaron por encima de un matorral, dando un pequeño salto que les obligó a agarrarse con fuerza a las tablas transversales que realizaban la función de asiento. Cuando terminó el descenso buscaron desperfectos y posibles entradas de fugas. No encontraron nada destacable. El padre casi ansiaba encontrar una fisura para ver si la hierba se abría sitio en la barca o cómo funcionaba, si tenía la densidad del agua… Cualquier respuesta.

—Habrá que andar con cuidado. Imagina que encontramos una colina, igual nos golpeamos de frente con un árbol o caemos de la balsa.

—Prefiero no pensarlo —dijo su hijo, encogiendo los hombros con un escalofrío.

—Es lo mejor. —El solo pensamiento de volcar también lo aterraba como nada lo había hecho nunca.

Cuando el sol empezó a desaparecer tras la espesura del bosque la temperatura bajó ligeramente. No tenían frío, igual que tampoco tenían calor durante el día, pero lo notaban en el aire que bajaba a sus pulmones. Las sombras de los árboles se alargaban y su entorno parecía llenarse de seres extraños. Aunque no resultase perturbador, el silencio casi absoluto les provocaba gran inquietud.

El niño se levantó de su habitual postura recostada y lo miró fijamente. Parecía preparado para cualquier cosa. Se encontró con el gesto expectante del padre, como un cordero conocedor de que algo terrible va a pasar.

—Papá, ¿por qué me mataste?

El padre se quedó pensando un instante y luego respondió.

—No sé bien cuál fue el motivo. Desde que naciste la sombra de la muerte estaba muy cerca de ti. Tu madre y yo supimos que no ibas a durar demasiados años. A los dos años la sombra ya vivía a un par de metros y a los ocho todo parecía indicar que no alcanzarías los doce. Nos deprimimos mucho. Mi sombra también estaba cerca, pero un paso más alejada que la tuya. Nuestras grandes sombras de muerte nos amenazaban y pensaba que quizás tendríamos un accidente y tú morirías antes que yo, que me quedaría herido en alguna cama de hospital esperando el momento. Pero llegó un día, cuando la sombra ya casi te rozaba y no se te podía ver desde atrás, en el que me di cuenta de que era yo quien debía acabar con tu vida. Así que cogí el cuchillo y… ya conoces el resto. ¿Lo entiendes?

—No lo sé, la verdad.

—En mi caso, cuando la sombra me rozó, me corté las venas. Ocurrió lo mismo, me di cuenta de qué era lo que debía hacer y me corté en los brazos. No me dolió.

—Lo mío sí —le reprochó su hijo.

—Lo siento. Simplemente supe que debía hacerlo.

Su hijo guardó silencio.

Ambos se agacharon al pasar bajo una rama y esquivaron sendos árboles que parecían compartir raíces.

—Yo pensé que… —No supo cómo acabar la frase. Realmente no tenía excusa para cualquier acusación que le hiciese su hijo.

—Déjalo. Da lo mismo.

—Supongo que sí. ¿Te… te quedan marcas?

—Mira.

Le enseñó el interior de los brazos y se quitó la camiseta blanca para que viese su pecho. No había nada que sugiriese el ensañamiento que realizó en él.

—Me alegro.

A eso no obtuvo respuesta.

¿Y si aquello era su castigo? Estaba encerrado con su culpa en un lugar tedioso y sin escapatoria. Cada vez que veía a su hijo recordaba sus últimos instantes de vida. Pero entonces, la sombra ya estaba allí, escribiendo la fecha de su muerte. No había escapatoria, nunca la había para nadie. En, cambio en aquella balsa, sin otro lugar al que ir, sin la sombra marcando cuánto le quedaba de vida, podía acabar por volverse loco con el paso de los días. Llegaría el momento en que se cansase de remar y después se volvería como su hijo, un ser que pasaba la mayor parte del tiempo recostado, inerte, como si todo diese ya igual. Pasar la eternidad allí… prefería no pensarlo.

La mañana siguiente amaneció con niebla. Cuando abrió los ojos no podía ver más allá de unos metros. La bruma era blanca y parecía estática y palpable, al estirar la mano sentía la suavidad de las nubes, como si fuesen hilillos de algodón que se rompían al tocarlos.

—Es mejor que te agaches.

Su hijo tenía los ojos abiertos y seguía tumbado. No preguntó y volvió a tumbarse. Bocarriba. No supo el motivo hasta que pasó un rato, quizás diez minutos, quizás tres horas. El tiempo era complicado de medir. No sabía si parpadeaba, tenía los ojos abiertos perdidos en la inmensidad blanca, o cerrados. Entonces notó que la balsa se movía como si alguien estuviese empujándola desde distintos ángulos o la hierba se hubiese embravecido. No amenazaba con volcar, pero si no se agarraban con fuerza podían perder la sujeción y golpearse contra los lados o entre ellos.

—¿Qué es esto? —preguntó el padre, asustado.

—Quédate agachado.

—Pero… —Trató de llevarle la contraria.

—¡Que te quedes así! —le gritó.

Pero no podía hacerlo, quería ver lo que ocurría. Sin dejar de temblar y con poca estabilidad, comenzó a alzarse. Según se levantaba, notó que un viento helador pasaba con fuerza, lo protegido que estaba de él agachado en la balsa. Colocó una mano en el borde y se levantó. Al mirar el suelo sólo vio sombras negras que pasaban a gran velocidad, chocando contra la embarcación y los árboles. En aquellos seres estaba la solución a todos los enigmas, pero en el instante en que las vio, volvió a tirarse sobre la barca, asustado de las sombras reptantes, gritando y con ganas de morirse.

—¡No, no! —gritaba.

Se colocó en posición fetal y, aunque se golpease contra la balsa por el movimiento, así se sintió más seguro. Con las rodillas protegiendo el pecho y las manos la cabeza. Si pudiese se habría encogido más hasta desaparecer para siempre.

No supo cuánto tiempo estuvo allí tirado. Sólo que en un momento dejó de moverse la barca y abrió los ojos lentamente. Su hijo estaba recostado con la cabeza apoyada en el extremo delantero de la barca, otra vez ausente ante cualquier estímulo. Miró con pánico a su alrededor, la hierba estaba tranquila y en los árboles no quedaban huellas de los golpes de las sombras. Al menos no podían meterse en la balsa. Recordó sus horribles caras, los gritos silenciosos, la maldad intrínseca en su esencia.

Sin saber el motivo, comenzó a remar de nuevo, esta vez sin fijarse si se dirigían al sur u otra dirección. Simplemente se dejó guiar hacia donde le causaba mejor sensación. Pensó si su hijo también había visto las sombras, qué conclusiones había sacado de ello. Pero no quería hablarlo. Ojalá pudiese olvidar todo aquella horrible pesadilla.

Empezó a preguntarse qué pasaría después de aquello, si allí se podría morir. Pensar en la hierba sobre la que navegaban le producía un miedo espantoso. La podía mirar, pero imaginar con tocarla o lanzarse a ella le helaba el interior. Se le ocurrió una idea. Sólo había un modo de ver el camino que tomaría su vida. Si mataba de nuevo a su hijo vería si el cuerpo desaparecía o se quedaba allí, si podía lanzarlo a la hierba, si ocurría algo que lograse desentrañar aquel misterio que le producía tantísima ansiedad. Esperaría a que se durmiese para pillarlo por sorpresa y entonces lo mataría. Esta vez no podía golpearlo ni acuchillarlo, pero siempre existía la posibilidad estrangularlo. Era cruel, aunque lo veía necesario para comprender aquel lugar.

Continuaron el camino con aquellas maquinaciones, descendieron un tramo con facilidad y encontraron un enorme claro que les hizo ver el cielo como no habían podido disfrutarlo desde que estaban allí.

—Qué tranquilidad —admitió su hijo.

Era el primer comentario cuyo tono parecía relajado. El padre no contestó, prefería no entablar más conversaciones hasta que llegase el momento de matarlo.

En un vértice del claro vieron otra embarcación. Sobre ella parecía que hubiese tres o cuatro personas. Aún no les debían haber visto, pues no se movieron hacia ellos ni hicieron gesto alguno. Parecía que estuviesen inmóviles.

—Vamos a ver quiénes son, igual nos pueden ayudar. Puede que sepan dónde estamos o sepan hacia dónde ir.

—Espero que sean buenos —contestó su hijo.

Desconfiaba de las personas.

Ekaitz Ortega (Bilbao, 1983). Escritor ganador del Premio Avalón 2009 y con una treintena de relatos y poemas publicados en revistas y webs. Se define como trashumante, devorador de libros y desencantado por naturaleza. ekaitzortega.blogspot.com.

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