La bifurcación anterior

Un relato de Josué Insua

La historia comienza con D. y H. guardando un inesperado momento de silencio en el interior del desastrado y polvoriento Seat 127 amarillo en el que se acaban de subir. Ambos visten trajes viejos, gastados, inadecuados a todas luces para la asistencia a un funeral pero, en fin, esperan que más apropiados que sus desaliñadas ropas habituales. En ese silencio los dos hombres recuerdan con tristeza a L., sin haberse puesto de acuerdo para ello. Por fin, H. libera un mustio suspiro, lame la ventosa del GPS y la pega en el manchado parabrisas. Manipula el aparato mientras D., al volante, se rasca la barba con el pulgar y observa. Un mapa falsamente tridimensional se despliega en la pantalla, bajo las grasientas huellas digitales de antiguos manoseos, e indica el camino en colores chillones. D. hace girar la llave y consigue poner el vehículo en marcha después de un par de intentos.

Ha amanecido hace ya rato y comienza a hacer calor. Atraviesan los maizales del sur. No hablan; llevan muchos años juntos y ya no necesitan mantener una conversación para ahuyentar la incomodidad. Las únicas palabras que se oyen en el coche son las que pronuncia el GPS, que les indica con una tranquilizadora voz femenina el camino correcto en las intersecciones. Para cuando llegan a las montañas, los trajes prestados, oscuros e incómodos por sus hechuras, se han convertido en un irritante suplicio que tratan de aliviar tirando de las costuras de la entrepierna, de la sudada zona de las axilas y del cuello. El sol calienta con fuerza el metal y el asfalto, y la única ventanilla que ha respondido a sus intentos de apertura no consigue otra cosa que dejar entrar aire sofocante y caldear todavía más el interior.

Abandonan antes la autopista que las montañas. Continúan por una vía secundaria, y luego por un camino de tierra sobre el que las ruedas van levantando una nube de polvo rojizo. Avanzan en soledad, no encuentran ningún otro viajero. Por fin, el camino termina ante un campo de espigas amarillas. D. detiene el coche y ambos bajan y miran hacia el horizonte, cubriéndose del sol la vista con la mano.

—¿Estamos yendo bien? —pregunta D.

—Eso dice el aparato —responde H.

Vuelven al coche y miran el GPS. Es el mismo artilugio de siempre. D. lo golpea un poco con los dedos, pero nada cambia.

—No se ha equivocado nunca —dice H.

—Pero dice que metamos el coche en ese campo —responde D.

—¿Quieres que conduzca yo? —dice H.

A D. le parece bien. H. conduce con cuidado, aplastando las espigas. El coche llega de nuevo con una sorprendente falta de incidentes hasta una nueva vía de tierra.

La pista pronto mejora lo suficiente como para que puedan adquirir velocidad, pero tienen que reducir de nuevo al atravesar kilómetros de camino sobre los que han ido a morir, bajo las ruedas de vehículos anteriores, centenares de pequeños animales: secos y aplastados, parecen restos de conejos, gatos, perros, pájaros, zorros, serpientes, quizá algún lagarto y quién sabe qué otras cosas. A los dos les parece extraño, aunque fingen no darle importancia. La vía se retuerce sobre sí misma, pero el GPS no se equivoca a la hora de predecir bifurcaciones. Detienen el coche sobre una colina. No esperaban un viaje tan largo y se dan cuenta ahora de que no han traído nada para comer. En el interior del coche encuentran una botella medio llena de agua turbia que ninguno de los dos recuerda quién ha dejado allí. Dan cortos sorbos de ella, templados y con sabor a plástico, y se la pasan mientras se giran para observar el horizonte. Fuman también. Ya ha pasado el medio día pero el calor sigue siendo molesto. H. señala por fin en la distancia, con el cigarro y con timidez, lo que parece ser o un gran montículo formado por los huesos de algún enorme animal o una extraña loma cubierta de brozas, desnudas de hojas y emblanquecidas por la deslumbrante iluminación solar. Terminan apartando la mirada, incómodos por la indefinición del objeto de su curiosidad, esperando que su desinterés termine por disolver el desasosiego. Cuando el agua se acaba vuelven a colocar la botella en el hueco donde la encontraron y reanudan la marcha, evitando girar la cabeza hacia el montículo. Pronto lo olvidan, a la vista de un nuevo encuentro que atrapa su atención, y que olvidan a su vez cuando les sale al paso el siguiente. El recorrido continúa serpenteando. El sol comienza a ponerse —¿es ya tan tarde?¿han tardado tanto?— y, a ambos lados del camino, las flores a las que alcanzan los últimos rayos parecen encenderse como pequeñas antorchas de fuego rojo y naranja. Vuelve la carretera, ya oscura. La voz femenina del GPS les avisa de que están llegando. Tratan de comprobar la hora en sus relojes pero, por alguna razón poco clara, no consiguen hacerse con ella. Sobre ellos vuela algún tipo de pájaro gigantesco.

La luna brilla como un sol moribundo cuando llegan al pueblo. El GPS les indica la cabaña. Delante de ella, sentado, se encuentra L. Aparcan en la cuneta.

—Oímos que habías muerto —dice H., de forma neutra, después de abrazarlo.

L. hace un gesto con los hombros, como buscando una frase ingeniosa, pero tras unos segundos sólo dice:

—Pues no.

Los tres se sientan en el porche de la cabaña, en sillas que L. arrastra desde la cocina. Abren latas de cerveza, fuman, se desabrochan los trajes. La luna rueda sobre la línea de las montañas. Y ellos no saben si están todos muertos, o si todo se debe a algún extraño efecto residual de las drogas que tomaron en su día, o si el GPS que les ha guiado está sujeto a una maldición —o bendición—, o si es todo un sueño o si está ocurriendo cualquier otra cosa en la que ahora ninguno de ellos puede pensar. Pero vuelven a estar juntos, los tres, y los tres sienten como si, de pronto, el mundo girase por fin como sus sueños les prometieron hace tiempo que tenía que girar.

Josué Insua (Madrid, 1974). Tímido. Discreto. Breve.

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