Sólo un abrazo

Un relato de Miguel Martín Cruz

Susan se sirvió una copa y tuvo el absurdo detalle de colocar una sombrillita para adornar su propio vaso. Luego dio un par de sorbos a su improvisado margarita y se pasó la lengua para atrapar cada grano de sal adherido a sus labios. ¿Hacía cuanto tiempo que no degustaba uno de aquellos cócteles? Buff, ya ni siquiera podía recordarlo. A Neil nunca le había gustado que bebiera, y ella se había terminado convirtiendo en la esposa obediente y correcta que intenta satisfacer a su marido por encima de sus propias necesidades.

—Idiota —espetó Susan rompiendo el silencio de su hogar, sin tener muy claro si estaba insultando a su ex marido o a sí misma.

Bebió un nuevo trago y decidió que no le apetecía pasar la siguiente media hora en silencio. Puso un CD en el reproductor y la rasposa voz de Joe Cocker acarició sus oídos. El margarita hizo lo propio con su garganta.

Se acercó sinuosamente hasta el salón, meneando las caderas al compás de una sensual melodía que le instaba a dejarse puesto nada más que el sombrero. Se sentía poderosa, o quizá sólo fuera efecto del alcohol en un cuerpo poco acostumbrado a tales excesos. Dejó la copa vacía sobre el mueble, no sin antes lamer la pegajosa sal que resbalaba por los bordes. Cuando vio la figura que yacía sobre la superficie de la mesa, no pudo evitar soltar una carcajada. Quién se lo iba a decir a ella. Jugando con muñecos, como cuando no era más que una criaja, siempre al amparo de las faldas de su madre.

Pero ella confiaba en Jennifer, y Jennifer le había jurado y perjurado que aquello funcionaría. Ella era la experta, y le había aconsejado que si lo que realmente quería era joder a Neil, aquella era la mejor opción. Las más limpia. La más dolorosa. Y todo ello sin testigos que pudieran testificar en su contra, ni traicioneras huellas dactilares que la delataran como culpable. La propia Jennifer había utilizado el método en más de tres ocasiones, y en los corrillos de la ciudad se había ganado el calificativo de “viuda negra”. Eso era precisamente lo que demandaba Susan: alguien que supiera bien lo que se hacía, aunque seguir sus consejos significara dejar atrás muchas de sus creencias y la mayor parte de su inocencia.

Susan levantó el muñequito relleno de paja que le había proporcionado Jennifer. No se lo había regalado, aunque sí le había hecho una sustanciosa rebaja por tratarse de una de sus mejores amigas. La figura podía haber representado a cualquiera, ya fuera hombre o mujer, adulto o niño. Carecía de rasgos distintivos, y su tamaño era lo suficientemente ambiguo como para que pudieras personalizarlo a tu gusto. Jennifer le había avisado de que aquel era un tipo de magia muy poderosa, y que para dirigirlo a una persona en concreto debía meter en el interior del muñeco cualquier objeto que hubiera pertenecido a la víctima. Susan dio vueltas al juguete de paja, sintiéndose un poco estúpida por empezar a creer a su edad en la magia negra. Pero, ¿tenía algo que perder?

En realidad sí. Tenía que perder a un ex marido.

Maldito y traicionero Neil… Todo lo que le sucediera le estaba bien empleado.

Susan sacó un trozo de camisa que había pertenecido al fondo de armario de Neil, a la que había tenido el inmenso placer de mutilar indiscriminadamente con unas tijeras de costura. Al hacerlo, fantaseó con que el cuerpo de su ex aún estaba dentro, lo que le provocó un intenso placer exento de remordimiento. Había disfrutado de lo lindo. Susan introdujo el trozo de camisa en el pecho del muñeco de paja, imaginándose al hacerlo que aplastaba un corazón diminuto. Luego lo dejó sobre la mesa y lo contempló. Era una estupidez, pero desde el momento en que había puesto en su interior aquel trozo desgarrado de camisa, el muñequito de marras se había transformado en Neil.

Como por arte de magia.

Junto al muñeco descansaban un total de siete alfileres largos y puntiagudos, listos para ser clavados. Susan tanteó el primero de ellos, y meditó unos segundos dónde quería hincarlo. Obviamente, atravesó con él la entrepierna del muñeco. Rió enloquecida imaginándose el grito desgarrador que debía haber proferido Neil en esos mismos momentos al sentir el pinchazo en las pelotas.

—Jódete —dijo en voz alta sin darse cuenta—. Así no podrás follarte más a esa pequeña y estúpida zorra.

La figura de paja con aquel único alfiler clavado en el bajo vientre la puso nerviosa. Era casi como si aquella figura inanimada estuviera sufriendo una incontrolable erección. Susan decidió clavar la segunda estaca, esta vez en el centro de la cabeza. Neil siempre se quejaba de sus continuas jaquecas, por lo que aquella ocurrencia le resultó de lo más inspirada. El tercer y cuarto alfiler atravesó sendos ojos, y con el quinto perforó el lugar donde debería estar su boca. Esa bocaza aduladora y mentirosa… La sexta puñalada le hizo al muñeco un segundo ombligo, y Susan se relamió con la última varilla al decidir clavársela en el centro de su corazón. Sin entender muy bien porqué, hundir aquel séptimo alfiler le costó más de la cuenta, como si el cuerpo falso de aquel juguete ofreciera algún tipo de resistencia. Finalmente, y haciendo acopio de toda su fuerza, Susan logró atravesar aquel pecho de paja hasta que la punta de la aguja salió por su espalda y arañó la superficie pulida de la mesa.

***

El apartamento alquilado de Neil resultaba de lo más deprimente. Cuando escapó de la rutina hogareña junto a la bella Elizabeth, aquel piso les había parecido el lugar idóneo donde instalar su nidito de amor. Era muy luminoso, y por la ventana asomaba la primavera estallando en cada árbol. Pero ahora que ella se había marchado, robándole su increíble romance y cientos de imágenes de un prometedor futuro juntos, las sombras acechaban en cada rincón y tras los cristales habitaba un otoño perpetuo.

Elizabeth, tan inexperta como impulsiva.

Neil siempre había sospechado que aquello no podía durar, y aún así había decidido acometer el riesgo. Y desde luego que había merecido la pena. O al menos eso había pensado cada minuto de cada día que había durado aquella aventura condenada al fracaso. Él había abandonado a una mujer que le quería, y ahora había sido abandonado por una mujer que no sabía lo que quería. Irónico. Aunque en ambas ocasiones a él se le había roto el corazón.

Ahora, ¿qué le quedaba? Nada en absoluto, se encontraba solo con sus recuerdos, lo que hacía su carga el doble de pesada. Especialmente porque esos mismos recuerdos parecían corresponder a dos vidas completamente diferentes, mezclando imágenes de sus dos grandes amores. Domingos de paseo por el parque, rematados con un café bien cargado en el Mendel Pub junto a Susan. Lujuria desatada en el aparcamiento del centro comercial, por obra y gracia de una carnal y jovencísima Elizabeth.

¿Y ahora? Nada más que soledad.

Hacía poco menos de un mes cada viernes por la noche era toda una celebración junto a su amante, y ahora se tenía que conformar con poner algún programa festivo en la tele por cable. La echaba tanto de menos.

Tanto como a Susan, a la que había estado tentado de llamar por teléfono todos los días desde que Elizabeth se marchó. ¿Qué le había impedido entonces contactar con ella? Él quería creer que lo hacía porque deseaba que su ex mujer fuese feliz, e irrumpir otra vez en su vida no habría sido justo para ninguno de los dos. Quizá sólo fuera una forma de mantener su estúpida dignidad masculina, y consideraba una derrota intentar recuperar su matrimonio, como si aquello significara dar un paso atrás en su vida. Tal vez solo se tratara de miedo. Miedo a empezar de cero, al rechazo de Susan, a fracasar de nuevo.

Fuera comenzaba a llover, y las gotas que caían sobre el cristal de la ventana se parecían a las lágrimas que él era incapaz de ahuyentar. Se sentía tan solo… Si tuviera alguien a su lado a quien dar un abrazo… A veces sólo hace falta eso. Un leve roce, el simple contacto de otro ser humano.

Neil se levantó del sofá mientras sentía cómo el comienzo de una jaqueca comenzaba a nacer en su sien derecha. Miró su rostro demacrado en el espejo e intentó fingir una sonrisa. El dolor de cabeza se intensificó con el gesto, como si reír doliera.

Llenó un vaso de agua y engulló dos analgésicos que probablemente no mitigaran su dolencia. Estuvo tentado de tragar de una sentada todo el bote de pastillas, aunque le pareció demasiado patético perpetuar el tópico del hombre maduro que se suicida por despecho.

Al principio el ruido le pasó inadvertido, confundiéndolo con uno de los latigazos que estallaban ya en ambas sienes. Lentamente comenzó a distinguirlo, el sonido de pasos que se acercaban por el pasillo. Neil dejó el bote con las píldoras sobre la mesa y aguzó el oído. Sí, no había duda. Alguien se acercaba, aunque tan despacio que resultaba exasperante. Con todo el sigilo que sus torpes manazas le permitían, abrió el cajón de la encimera y sacó el cuchillo con el que acostumbraba a cortar las cuñas de queso. Luego salió de la cocina para enfrentarse al posible intruso.

—Alto ahí —dijo con poca convicción, amenazando con el cuchillo romo.

Neil no se sentía con acopio de valor suficiente como para enfrentarse a ningún ladrón, ni siquiera a un vagabundo que quisiera refugiarse del frío. Pero la imagen que apareció frente a él en el pasillo desbordó cualquiera de estas posibilidades y rebasó cualquier vestigio de realidad al que intentar combatir.

Al principio lo confundió con aquel monstruo protagonista de las famosas historias de Clive Barker, lo que ya consiguió erizarle el pelo de la nuca y hacer caer al suelo el cuchillo para el queso. Sin embargo la figura claveteada que le miraba a pocos centímetros de distancia le resultaba igual de abominable. Porque Neil podía reconocer cada detalle de aquel cuerpo desnudo, todas sus facciones y muchos de los gestos que realizaba. Porque aquel intruso atravesado por siete saetas era él mismo.

Neil se quedó paralizado por el terror, y su doble tampoco reanudó su torpe andar. Lo que habían hecho con su cuerpo era atroz, y reconocer cada una de las partes mutiladas como suyas propias no mejoraba en absoluto la sensación. Poco a poco, al ver que aquel intruso tan reconocible no representaba un peligro en sí mismo, Neil comenzó a sentirse un poco más seguro.

—Dios, qué me han hecho —susurró mientras temblaba al intentar fijarse en los ojos de su doble.

Imposible. Dos espetones de brillante metal habían convertido en un amasijo de sangre y carne lo que antes habían sido dos globos oculares tapizados con sendos párpados.

Neil se sintió aún más desdichado de lo que se había sentido jamás, y deseó con todas sus fuerzas tener a Susan a su lado. Elizabeth había sido una compañera divertida, pero su inmadurez no la convertía en la mejor elección en aquellos momentos. Susan habría sabido qué hacer en una situación tan descabellada, como siempre. Dios, cuánto la añoraba. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

Una lágrima corrió atravesando su cara, y quiso adivinar una gota de sangre realizando el mismo recorrido en el rostro de su imagen especular. Se sentía tan solo, tan abandonado, tan triste… Tan desvalido. Observó detenidamente su propio cuerpo en la figura plantada en frente de él, desbordado por la pena.

A veces era lo único que hacía falta.

Un leve roce. El simple contacto de otro ser humano.

Neil dio un paso, y su doble dio otro. Neil abrió los brazos, y su doble le secundó. Un pinchazo en la entrepierna, otro en la frente que desdibujó su jaqueca. La explosión de sendos ojos. Una púa cruzando su garganta, un improvisado piercing en su ombligo. Por último, atravesando capas de músculo y tejido que impedían el fluido avance del metal, su corazón se desinfló. Y contra todo pronóstico, aquel abrazo mortal le resultó de lo más reconfortante. Tal vez el corazón que había reventado en su pecho ya llevaba días herido de muerte.

Dentro de la habitación, dos cuerpos idénticos se fundían en el abrazo que podría darse un hombre con su imagen reflejada en un espejo. O en un charco de sangre.

Afuera seguía lloviendo.

Miguel Martín Cruz. Soy Licenciado en Biología y colaboro en las revistas RockEstatal y Scifiworld. Algunos de mis cuentos vieron la luz en antologías como Calabazas en el trastero, Visiones, Ovelles Electriques… Gané el Certamen Todos los Santos de H-Horror 2010 y, junto a Gema del Prado, el Historias Asombrosas 2012.

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