Nonatos

Un relato de Santiago Eximeno

¿Alguna vez has sabido de alguien
que muriera en el momento apropiado?

Esta torre de cenizas, George R. R. Martin

—¡Papá, cómprame un nonato! —dijo Alicia— ¡Por favor, por favor!

Sus manos de boa constrictora se enroscaban en mi antebrazo mientras saltaba y gesticulaba sin apartar la vista del escaparate. En un instante estaba a mi lado, al siguiente su rostro se pegaba al cristal con los ojos muy abiertos. Yo dejé escapar una media carcajada nerviosa y caminé tras ella junto al escaparate, mirando atentamente todo lo que sus pequeños e inquietos deditos me señalaban.

—¡Quiero ese, el pequeñito! ¡Por favor! ¡Prometo que cuidaré de él!

No sé cuántas veces la había oído pedírmelo. Como todos los niños, quería un nonato. No podía culparla. Aquellas pequeñas criaturitas grises eran tan hermosas, tan adorables, que todos queríamos tener una en casa. Las dos que esperaban en el escaparate abrían sus bocas y movían sus cabezas de un lado a otro, expectantes, sabedoras de que los posibles clientes que las contemplaban deseaban adquirirlas.

Babeaban, claro, y solo pensar en la cara que pondría Bárbara cuando le llevara aquel regalo a casa me hizo dudar. Sin embargo la felicidad que mostraba Alicia era contagiosa. Sonreí, dejé que la niña se aferrara a mi mano con dedos de cepo y entramos en la tienda.

Nos precedió un repiqueteo de campanilla que encontré tan inesperado como agradable. Me trajo recuerdos de otras tiendas, de mi niñez, cuando acudíamos en masa a pequeños lugares como aquel a adquirir nuestros juguetes. Mucho más tradicionales que los actuales, claro: bastos trabajos en madera y metal laminado coloreados por presuntos artistas vencidos por sus cataratas. Ahora los niños tienen todo lo que quieren, y la verdad es que ya quisiera yo, cuando era niño, haber podido comprar un nonato.

Entonces, claro está, los nonatos, tal y como los concebimos ahora, no existían.

La nuestra era una época distinta. Donde ahora se levantan los circos itinerantes y los parques temáticos nosotros todavía convivíamos con iglesias y cementerios. No creo que nadie de mi generación se sienta cómodo con las luces estroboscópicas, los bailes y los gritos que brotan de los antaño pequeños camposantos que se construían junto a la iglesia en los pueblos del interior. Somos hijos de nuestro tiempo y las cadenas que nos aferran al pasado no se pueden cortar así como así.

No le podía hablar de ello a Alicia. Ella había nacido años después de que hubieran cesado los entierros, cuando el mundo se había detenido y todos nos limitábamos a dejarnos llevar. A esperar un final que no llegaría jamás. A sufrir el mayor dolor que puede arrebatar el alma de un padre: sobrevivir a tus propios hijos.

En el interior de la tienda el olor a lo viejo, a lo corrupto, se perdía entre vaharadas de formol y desinfectante. Dejé que Alicia vagara por el interior, que se perdiera entre las jaulas de metacrilato, que gritara y riera y tocara todo lo que podía tocar. El dueño, una gárgola con las palmas de las manos apoyadas sobre un mostrador de madera negra envejecida, sonreía y le alentaba con la mirada.

—Muy alegre esa niña suya —dijo cuando me acerqué.

Asentí, sonreí. Alicia era preciosa. Un regalo de su madre, un regalo hermoso. El último. Después había decidido suicidarse. Lo había hecho con gran habilidad, sin dejar ni siquiera un débil resquicio a la esperanza, sin ofrecernos la más mínima posibilidad de salvar su vida. Estuviera donde estuviese ahora, podía sentirse orgullosa. Lo había planeado durante días, quizá durante semanas. Cuando encontraron su cuerpo en el bosque, junto al árbol, los lobos ya habían probado su carne durante varias noches.

No le expliqué nada de aquello a Alicia, claro. Era demasiado pequeña, demasiado frágil. Después, cuando necesitó una madre, Bárbara entró en nuestras vidas.

Durante mucho tiempo pensé que mi mujer había sido una cobarde. Ahora sé que poseía el valor que yo nunca tendré.

Alicia revoloteaba entre los nonatos, apoyaba su rostro en las paredes transparentes, trataba de llamar su atención. Ellos se limitaban a flotar en la solución ambarina que los mantenía con vida, ajenos a todo lo que no fuera su absurda existencia. Me sorprendí a mí mismo pensando si aquellas cosas estaban realmente vivas. Oh, sí, desde una óptica científica estricta, sí lo estaban. Sus corazones latían, sus cerebros despedían electricidad, respondían a estímulos externos. Vivían. Para los que conocíamos su origen, sin embargo, aquella forma de vida se hundía en el fango de lo aberrante, de lo prohibido. De lo ajeno a Dios.

¿Acaso no estábamos todos más allá de la piedad de Dios? Quizá no todos, quizá los niños no, quizá esta nueva generación que crecía y envejecía con relativa normalidad había sido perdonada.

—¿Se llevará uno? —preguntó el hombre de la tienda.

Tras dedicarle unos segundos de atención a sus gestos, a su ropa, ya no podía afirmar que se tratara del dueño. Lo más probable era que trabajara allí por un sueldo mísero. Podía leer en su rostro el desinterés, incluso la repulsión, que los nonatos le provocaban. De pronto su comentario acerca de Alicia me incomodaba.

—Sí, claro, uno. Alicia, ¿cuál quieres? —dije.

Alicia juntó las manos bajo su barbilla, aplaudió mientras se carcajeaba como una loca. Adoraba cuando hacía esas cosas. Vino hasta mí, me tomó de la mano y me condujo por los recovecos de la tienda hasta uno de los tanques. Allí flotaba un nonato pequeño, encogido, de manos apenas formadas, de ojos grandes en un boceto de rostro. Abría su boca sin dientes, dejando que la solución ambarina en la que estaba sumergido invadiera su organismo, le alimentara.

—Una excelente elección —dijo el hombre a mi espalda, sobresaltándome—. Permítame que lo extraiga.

Extraerlo. Me sorprendió que eligiera esa palabra. Permítame que lo extraiga. Me hizo pensar, una vez más, en el origen de aquellas cosas. En su destino. ¿Qué nos había ocurrido? Miré mis manos. Exactamente iguales que hace ocho años. Idénticas. Ni una sola de mis células había muerto, ni una sola de ellas se había dividido. La inmortalidad como una maldición en un mundo estático, paralizado, congelado para siempre en un instante.

Nada había cambiado en los últimos ocho años, seis meses, dos días y apenas tres horas. Nada. El sol brillaba en el cielo, parcialmente cubierto por una nube. Hacía calor, no demasiado. Las hojas de los árboles se dejaban acariciar por una suave brisa. Un día cualquiera de primavera. Para siempre.

No todo eran parabienes, claro. Las fracturas abiertas no se soldaban. El cáncer que te devoraba por dentro se detenía, pero no remitía. Los ciegos estaban ciegos y los sordos estaban sordos. Los achaques formaban parte indivisible de la inmortalidad atemporal de muchos de nosotros. No era extraño que algunas personas hubieran encontrado incómodo continuar viviendo en esas circunstancias. No, no lo era.

Nosotros vivíamos un eterno día agradable. Mucha gente había emigrado de otros momentos menos agradables. Un eterno día de lluvia. Una noche sin sol. Un accidente. Un terremoto. La inmigración había convertido a los supervivientes en grupos organizados dispuestos a rechazar a los invasores. Estábamos cambiando. La gente no sabía si merecía la pena seguir viviendo. Yo mismo había dudado, claro. Ahora, con Alicia a mi lado, todo tenía un sentido último, a pesar de que cada día que pasaba me resultara más difícil explicarle el mundo en el que estaba viviendo. Su generación cambiaría, volvería este mundo del revés. ¿Acaso no ha sido así siempre? Lo difícil sería explicarle la convivencia imposible con nosotros, los eternos, los condenados. Oh, nos habíamos adaptado al medio perfectamente. Éramos supervivientes. Pero aquel día que todo se detuvo, que todo cambió, algo cambió también en nuestro interior.

Los nonatos eran la prueba.

Habíamos aceptado aquella realidad perturbada porque no nos quedaba otra opción, y nuestras mentes se habían amoldado convirtiendo el día a día en una eterna perversión cristalizada. Si el tiempo no transcurría, ¿qué importaban nuestros actos? ¿Quién nos juzgaba? Ahora pretendíamos decir a los demás que nos planteamos estas preguntas. Lo que ocurrió fue que nos dejamos llevar por el pánico. Por la rabia.

—Ya está listo —dijo el hombre de la tienda.

Alicia dejó escapar un suspiro delicioso. Era tan adorable. Ella lo justificaba todo. Todo. Pensé en mi mujer, no podía dejar de pensar en ella. Menos aún cuando sostenía entre mis manos un nonato. Cuando todo se detuvo, cuando el mundo se congeló, todos nos detuvimos con él. Una inesperada gerontocracia que tardamos en evaluar. Tardamos en comprender que no todos habíamos dejado de envejecer. No, los niños envejecían, como siempre. Bueno, no como siempre. Su envejecimiento no respetaba las reglas del tiempo que conocíamos. Qué demonios, tampoco la respetaba la realidad. Solo envejecían los niños menores de tres años. Aproximadamente. No teníamos tampoco demasiados niños alrededor para valorarlo. Cuando el tiempo se detuvo, durante los primeros meses, muchos fueron asesinados.

Niños eternos, por Dios.

En otros lugares fue peor. Aquí las muertes fueron controladas. En seguida el nuevo gobierno se hizo con el control y ejecutó a centenares, a miles de aberraciones vivientes de menos de trece años. Una edad arbitraria, claro. Nadie podía ofrecer una solución mejor. Habíamos perdido los medios de comunicación, los transportes, los servicios más básicos. Tardamos una eternidad en recuperarlos. Al fin y al cabo, teníamos una eternidad por delante.

Pero los menores de tres años sí continuaron su crecimiento normal. Envejecían. Había esperanza. Para los niños sí. Para los bebés.

Alicia me cogió de la mano, juntos salimos de la tienda.

—Volvamos a casa —le dije.

—¿Se enfadará Bárbara? —preguntó.

—No creo. No. Al fin y al cabo, cumples diez años pasado mañana.

No, no se enfadaría. Lo aceptaría, como habíamos aceptado todo. Teníamos que seguir adelante. Por ellos. Por los niños.

Mi mujer estaba embarazada cuando ocurrió, como muchas otras mujeres. Estábamos tan contentos con el embarazo. Podríamos darle a Alicia un hermano, lo deseábamos. Cuando ocurrió, cuando el tiempo se detuvo para nosotros, también lo hizo para esos niños. Esos niños que miles de mujeres albergaban en su interior no crecieron. Se enquistaron, eternos, en sus úteros. Nonatos. La marca terrible que Dios les había dejado en su interior a las mujeres como castigo. Los hombres nos volvimos locos. Algunas huyeron, algunas intentaron continuar sus vidas con esas criaturas en su interior.

No lo permitimos.

Los extirpamos.

No había otra cosa que pudiéramos hacer.

Pero cuando los sacábamos de sus cuerpos, cuando los sosteníamos entre las manos, éramos incapaces de acabar con sus vidas. Había algo en ellos… algo que éramos incapaces de comprender. Por eso los encerramos, los mantuvimos con vida.

Comerciamos con ellos, los vendimos.

Cuando le llegó el turno a mi mujer, ella huyó.

No pudo enfrentarse a ello.

Yo quise seguirla, pero no encontré el valor necesario. No creo que nunca lo encuentre, aunque tenga una eternidad por delante para buscarlo.

Santiago Eximeno (Madrid, 1973) ha publicado libros de relatos como Bebés jugando con cuchillos (Grupo AJEC, 2008) o Umbría (El humo del escritor, 2013). Disfruta de la literatura de género y de las distancias cortas. Puedes encontrarle en su Web: www.eximeno.com

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