Expediente 411

Un relato de Carlos Piélago

Estimado Sr. Campos:

Sentí una gran alegría cuando me enteré de la petición de esta carta para su periódico, pues creo que, en su momento, la opinión pública fue demasiado dura con el hospital. Gracias a usted tengo la oportunidad de poner por escrito los detalles —algunos desconocidos— de los acontecimientos extraños que sucedieron tiempo atrás en esta institución, de la que he sido durante veinticinco años su director.

Todavía recuerdo el día en que Sebastián Valero llegó a nuestro centro. Portaba una maleta vieja como única pertenencia, sufría de un tic en el ojo izquierdo y vestía pantalones anchos con camisa blanca de lino; por su sonrisa supuse que le gustaba Isla Boira.

Según el informe del Hospital Provincial, padecía un cuadro de esquizofrenia paranoide aguda, sin cura posible. Siempre nos han enviado este tipo de pacientes. Usted ya me entiende, el clima de bruma persistente de la isla favorece esta idea, opinan que, como un día nos tildó su periódico, somos el último rincón del mundo; no les culpo, puesto que el clima invita a… ¿cómo llamarlo? Disculpe, pero no encuentro ahora las palabras apropiadas. Sería mejor si algún día viniera a visitarnos para que pudiera comprobarlo por sí mismo. A veces tengo la sensación de que jamás me acostumbraré a la bruma.

El mismo informe aseguraba que el paciente tenía un impulso creativo en el que se dejaba atrapar por el proceso de invención durante largo tiempo, que desembocaba en un verdadero mundo alternativo; no supe hasta más tarde lo que esto significaba. También revelaba una infancia dura, en la que había sido abandonado con cuatro años, su padre era un inválido postrado en una silla de ruedas y su madre falleció en el parto de su hermano menor junto con el recién nacido. Tras ese suceso, lo dejaron en un orfanato donde detectaron anomalías en el comportamiento y de inmediato lo derivaron a un centro para retrasados mentales, del que escapó con ocho años; después fue conociendo un hospicio tras otro hasta que ingresó en un psiquiátrico.

No fue hasta pasados unos días de su ingreso cuando tuve mi primer contacto con él. Antes había ordenado que le proporcionaran papel y lápices, porque me pareció la mejor opción en este caso. Me dediqué en ese tiempo previo a observarlo y a estudiar los diferentes informes. Ya sobrepasaba los treinta, así que tenía ante mí a un hombre que llevaba recluido una vida entera.

Al principio lo vi deambular por el patio con el cuaderno bajo el brazo. Realizaba un esbozo en un sitio y luego en otro. Pero a partir del tercer día se sentó en un banco de piedra que miraba directo al mar. Nunca más volvió a cambiar de sitio. Pensé que había llegado el momento de conocernos.

Me acerqué a donde estaba sentado para saludarle. Frente a él se alzaba la bruma matinal, espesa como un muro; más allá se alcanzaba a oír el ruido de las olas rompiendo contra las rocas y a las gaviotas graznar por encima de nuestras cabezas, pero no se podía distinguir nada que estuviera a más de cinco metros de nosotros. “Buenos días, Sebastián, no nos han presentado, soy el director”, le dije. Respondió sin mirarme con un escueto “hola”, como si yo no estuviera allí, aunque me di cuenta de que el tic en su ojo no disimulaba su nerviosismo.

Siguió dibujando. No eran los esbozos de un niño, desde luego, sino que estaban elaborados al más mínimo detalle, como un entramado de líneas y puntos donde se mostraba una ciudad con edificios extravagantes, cúpulas doradas y animales de gran tamaño, como unos curiosos elefantes con antenas y gente sentada sobre la grupa. Aparecían algunos seres con forma humanoide, de piel oscura, delgados, que caminaban erguidos o a cuatro patas; algunos presentaban escamas sobre su cuerpo y otros agallas en los pectorales. También había muchas escaleras y carreteras (si quiere ver una muestra, tenemos algunos dibujos clasificados en el fichero del expediente número 411). No parecía importarle que le observara mientras dibujaba, y eso era una buena señal. Volví a la carga: “¿Qué dibujas?”, pregunté. “Lo que veo”, fue su respuesta.

De vez en cuando echaba la vista al frente, a la bruma, se afanaba en trazar líneas sobre el papel, dibujaba un recuadro y lo coloreaba, después le daba sombra, volvía a trazar una línea, le daba forma, la redondeaba, así hasta la extenuación, siempre tras mirar a la bruma. Le dije que tenía mucha imaginación. Giró su rostro hacia mí y me contestó con estas palabras: “Se ve mejor con los ojos cerrados”. Me quedé pensativo, rumiando aquella frase. Luego, señalé el dibujo de su cuaderno. “¿Qué lugar es ese?”, indagué. A partir de ahí no me hizo ningún caso. Se dedicó a fruncir el ceño, el tic de su ojo parpadeó con rapidez, con lo que me fui para no irritarle y poder continuar más adelante.

Al día siguiente lo encontré sentado en el mismo banco, a la misma hora, con la bruma tan densa como era habitual. Por lo visto, había terminado el dibujo del día anterior y ya estaba enfrascado en otro. Me senté a mirarlo; comenzó a dibujar la misma ciudad, que era el tema que le tenía obsesionado. Lo primero que esbozaba era una escalera que bajaba a una calle, con unos edificios con formas abombadas y cúpulas doradas. Lo único que cambiaba de situación eran los elefantes con antenas y los seres con escamas. Noté que añadía más elementos marinos, como conchas o estrellas de mar. Insistí con la pregunta: “¿Dónde está ese lugar?”, algo que hice a menudo durante el tiempo que lo tuve como paciente y a la que él se negaba a contestarme, apretando sus lápices con más fuerza contra el papel. “Desde aquí tienes unas vistas excelentes, ¿no crees?”, dije con aire distraído como para cambiar de tema. Me aseguró, mientras sonreía, que tenía las mejores. Le insinué que estaba dispuesto a visitar ese lugar que parecía tan agradable, refiriéndome a sus dibujos. Entonces una sonrisa pícara asomó en su rostro: “es mi casa”, contestó. Pensé que ya teníamos algo.

Fueron pasando los días. No vi ningún cambio en su actitud, aunque la clave estaba en averiguar qué era el lugar que estaba trasladando al papel. Quería saber más sobre su “hogar”. Por lo demás, no era un paciente conflictivo: no era agresivo con los demás internos y nunca rehusaba su medicación.

Hasta que algo sucedió.

Un día nos dimos cuenta de que Sebastián no estaba sentado en el banco, ni en ninguna otra parte del patio.

Movilicé al personal para buscarlo. La isla es una fortaleza natural esculpida en roca. No existe más que el hospital, un embarcadero, los huertos de la parte de atrás y un pequeño pinar, el resto son acantilados. Miramos en todos los rincones donde suponíamos que podía estar, sin suerte.

Entonces volví al banco de piedra donde antes había estado Sebastián y me senté. Observé la bruma. No podía intuir adónde se había marchado, así que repasé su cuaderno. En todos los dibujos aparecía la misma composición, como siempre, pero había una variación interesante: los humanoides. En los últimos dibujos realizados, se mostraban con los brazos en alto, como saludando.

Me levanté por impulso y avancé en línea recta hacia el mar. Vi unas pisadas en el barro que bajaban hacia el fondo del acantilado, donde hay una verja colocada como medida extraordinaria. Llamé a voces a los celadores. Pudimos distinguir el cuerpo de Sebastián agarrado a la cerca. Por suerte, cuando llegamos estaba vivo, pero en estado de shock. Lo llevamos a su habitación para reanimarlo, donde estuvo un día entero en cama.

Desde ese momento tomé la decisión de ponerle vigilancia.

Cuando volvió a sentarse en su banco me presenté con la que iba a ser su enfermera personal. Le dije que se llamaba Sara, que cualquier cosa que necesitara se la podía pedir a ella y que le iba a ayudar en todo. Por supuesto, nos gritó que se marchara. “No puede. Está aquí para cuidarte, no te molestará, ya verás”, dije para tranquilizarle, luego me marché, dejándolos allí sentados.

Por aquella época estaba llegando el verano, una de nuestras estaciones favoritas porque la bruma remite un poco y hay días en que el sol deja caer sus rayos sobre la isla. Por lo general, los pacientes se encuentran mejor, más contentos, pero este no era el caso de Sebastián, que se encontraba irascible debido sobre todo a la compañía indeseada de Sara. Su comportamiento había cambiado. Ella me informaba de que, cuando no había bruma —y el buen tiempo dejaba ver el horizonte—, era cuando más malhumorado estaba Sebastián, rompía las hojas de su cuaderno y partía los lápices. Tuvimos que tomar medidas. Aumentamos la medicación y resolvimos endurecer con electroshock la terapia. A día de hoy pienso que no fue el mejor de los métodos, el tiempo lo ha demostrado. Hemos tratado otros pacientes con estos síntomas con mejores resultados. Intenté averiguar algo más pero, tras muchas sesiones y grabaciones, no saqué nada en claro. Sebastián se volvió taciturno. Vivía encerrado en su propio mundo. Siguió dibujando en el banco de piedra con Sara a su lado.

Y un día, ya entrando en el otoño, una de las enfermeras gritó en el patio. Nos encontramos el cuerpo de Sara tendido sobre la hierba, cerca del banco. Habían clavado un lápiz en su cuello.

Ni rastro de Sebastián. Por intuición me acerqué a la hondonada frente al banco y descubrí pisadas recientes. Un grupo de celadores me acompañó hasta el fondo del acantilado, que era una zona de acceso difícil por lo escarpado del terreno. Más allá de la verja las olas rompían furiosas: si alguien la cruzaba, no había vuelta atrás. En una de las puntas de acero de la valla vimos un jirón de ropa, sin duda propiedad de Sebastián, pero no encontramos ni rastro de él. Buscamos, por si acaso, en todas las estancias y lugares de la isla. Llamamos a un equipo de buzos de rescate pero no consiguieron nada; lo demás puede revisarlo en la hemeroteca o en el expediente número 411.

Sobra decir que este hecho casi me costó el puesto de trabajo, arruinó mi reputación y la de este respetable hospital. La pérdida de Sara fue terrible, sin duda; causó una conmoción enorme, algo comprensible. Cargué a mis espaldas toda la culpa; si alguien tenía que ser responsable, ese era yo. Me dolió no haber resuelto el caso, ni siquiera haberme acercado; tengo que reconocer que eso me obsesionó hasta tal punto de salir todos los días hacia los acantilados a ver si encontraba el cuerpo. Tampoco se recuperaron nunca los útiles de Sebastián ni su cuaderno con los últimos dibujos. O los enterró, o están escondidos en alguna roca.

Tengo que confesar que un día, años después de lo ocurrido, mirando por la ventana de mi despacho, descubrí a una persona sentada en el banco de Sebastián. No me lo pensé dos veces y corrí escaleras abajo, pero al llegar no había nadie. Desde aquel momento volví a verlo con frecuencia, pero siempre que llegaba había desaparecido. Si preguntaba a alguien me miraba con cierta lástima; ya por entonces sabía que corrían ciertos rumores sobre mi persona en el hospital.

Una de las veces, fatigado después de aquellas carreras, me senté donde antes lo hiciera la figura misteriosa. La bruma se agitaba frente a mí, las gaviotas se arremolinaban en algún punto incierto por encima de mi cabeza y la sirena de un barco avisaba de su llegada en la lejanía del puerto. Me acordé de Sebastián, de cuando, en ese mismo lugar, creaba todo un mundo a su alrededor con solo su imaginación. Me quedé mirando la bruma mientras tanto, casi embobado, preguntándome cómo podía pasarme esto a mí.

Estaba pensando en ello cuando un resplandor emergió entre la niebla. Al principio lo achaqué al barco, suponiendo que, a lo mejor, no estaba tan lejos, o a un rayo de sol, aunque por la estación del año en la que nos encontrábamos me pareció extraño. Pero después el resplandor fue tomando forma, a la vez que la bruma se apartaba, una forma redondeada, hasta que entonces pude verlo mejor: primero aparecieron las cúpulas doradas, refulgentes, que emergían, como gigantes en la niebla, más allá del acantilado; en las bases de estas torres se cruzaban unas calles con escaleras.

Como un resorte salté de mi asiento. Me dirigí hacia delante, hacia la ciudad, intentando alcanzarla en el aire con las manos, imagine la escena, como el que atrapa moscas invisibles. Alcancé a contemplarla durante solo unos segundos, pero no tuve ninguna duda de quién me saludaba a lo lejos, con una mano alzada y un cuaderno en la otra. Después todo pasó como un torbellino, una corriente de aire agitó las brumas cubriéndolo todo. Me precipité sobre las rocas cuesta abajo, poniendo en peligro mi integridad física, hasta llegar al límite de la verja, donde pude comprobar que todo aquel hermoso lugar había desaparecido engullido por la niebla. Nunca más volvería a verlo.

Mi sensación en ese momento fue una mezcla de rabia e impotencia. Quedó claro que ese incidente supuso el inicio de mi declive. Los cuidadores me encontraron en el suelo, agarrado a la valla con las manos sangrando, lloroso, balbuceando incoherencias.

A partir de entonces tengo por costumbre sentarme en el banco de Sebastián, como ahora, desde donde le escribo esta carta. No falto ni un día a mi cita con la bruma, que juguetea con sus formas, alarga o encoge pequeñas volutas de neblina a su capricho. Si uno se fija bien hasta llega a ser un espectáculo, aunque nada comparado con lo que vi; aún así sigo esperando.

Por el momento la medicación me deja descansar, han sido muchos años de servicio y me estoy haciendo viejo, noto que la humedad afecta a mis huesos. Como le digo, Sr. Campos, el clima aquí es muy traicionero.

Le saluda atentamente,

J.C. Bauzas.

Carlos Piélago (Madrid 1980). Ha participado en varias antologías de Escuela de escritores, también de Escuela de fantasía. Ha sido seleccionado para el libro Descubriendo nuevos mundos II y podéis seguirle en su cuenta de Twitter: @carlospielago. El relato “Expediente 411” fue publicado previamente en la antología La bruma.

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