Gran sol

Un relato de Raelana Dsagan

11340.7. Tercer día.

 

Llueve.

Todos los días se han vuelto iguales: ver la lluvia tras la Burbuja, preguntarnos qué se siente cuando las gotas rozan la piel, pero esta lluvia no es fría como la de casa, esta lluvia nos quema, crea llagas en nuestros frágiles cuerpos y nos conformamos con mirarla desde lejos, a salvo en nuestra Burbuja.

A veces alguno de Ellos se acerca y nos mira, emite sonidos que no entendemos. Ya no nos tienen miedo; nuestras armas asolaron sus pueblos cuando llegamos, quemamos los campos para construir nuestra Burbuja y nos encerramos dentro. La Burbuja es enorme y está vacía, esperábamos que vinieran más, muchos más, familias enteras a colonizar este planeta, pero nadie vino nunca. Somos el puesto avanzado, nuestra misión es aguantar y esperar.

¿Durante cuánto tiempo? Las comunicaciones hace mucho que no obtienen respuesta y seguimos respetando la última orden, llevando los uniformes, paseando por las calles vacías y contemplando el cielo a través de la capa de pleostopreno que nos protege. Algún día se resquebrajará, lo que no sé es si estaremos todos muertos cuando eso suceda.

—Sargento. ¿Alguna novedad?

Me cuadro cuando pasa el teniente, digo: no, señor, con voz firme, espero que él conteste: descanse, sargento para volver a relajar mi postura y terminará mirando conmigo a través del pleostopreno. Ya no llevamos armas, hace tiempo que no les asustan.

—La temporada de lluvias está durando demasiado –dice con voz monótona, el tono de voz del que no quiere una respuesta y sólo habla por hablar.

—Cada año se hace más larga, señor.

—¿Hay alguien ahí fuera? —el tono cambia, la voz del teniente es ahora curiosa, intento ver a través de la lluvia.

—Nunca salen cuando la lluvia es tan recia, debe quemarles la piel igual que a nosotros —No es correcto encogerse de hombros, así que simplemente observo.

—Tantos años aquí y qué poco los conocemos… pero mire, sargento, ahí hay uno.

Una sombra a través de la lluvia, andando a pasos cortos, cubierta por una lona gruesa que chorrea el agua. Los brazos extendidos. Un grotesco espantapájaros fuera de lugar en aquel sitio yermo y pedregoso. Se acerca hacia nosotros, solo.

A veces vienen en grupo y nos tiran piedras, pero todavía no han conseguido romper la Burbuja. Lo harán pronto. Tienen los ojos pequeños y las bocas grandes y parecen estar sonriendo siempre. Este no es distinto. Se queda quieto delante de nosotros, extiende la mano como si quisiera rozar la capa que nos aísla del mundo, pero no lo hace. Sabe que sufriría una descarga eléctrica si lo hiciera. Han sido demasiados años siendo vecinos para no saberlo.

—Abra la puerta —dice el teniente y yo lo miro sorprendido—. Sargento, abra la puerta.

—Señor… —un desvío en la rutina y empiezo a temblar, como si lo único que me mantuviera en pie fuera la inercia.

—Nos quedan alimentos para dos años más, la Burbuja puede que aguante cinco. ¿De qué tiene miedo, sargento? Ya estamos muertos.

Trago saliva, esas cosas no se dicen en voz alta, no nos atrevemos ni a pensarlas.

—El capitán…

—No creo que sea el momento para que me haga un consejo de guerra. Tenemos visita, sargento. Abra la puerta.

Me cuadro. Presiono los botones que dejarán abierta una rendija en la Burbuja. A través de ella pasan el viento y la lluvia, el aire con olor a azufre, el barro rojo de este planeta maldito y Él.

Se sacude el agua de la lona que lo cubre mientras yo me apresuro a cerrar la puerta. Deja caer la lona al suelo y muestra un cuerpo delgado y desgarbado, de brazos demasiado largos y con la boca demasiado grande. Me mira un momento antes de llevarse las manos a la garganta y caer al suelo, convulsionándose como un pez al que han sacado del agua.

No me atrevo a tocarle, el teniente lo mira impasible, por un momento me pregunto si lo habrá hecho entrar en la Burbuja para verlo morir. Su piel se está volviendo de color azul, de pronto las convulsiones se detienen. Está inconsciente.

—Llévelo a la enfermería, sargento.

—Pero… Señor…

—Llévelo a la enfermería, yo lo relevaré hasta que vuelva.

—Sí, señor.

Me da asco tocarlo, su piel es resbaladiza y caliente, apenas pesa. Los pocos compañeros con los que me cruzo se apartan de mi lado, aunque no dicen nada. Doy el santo y seña y afirmo que cumplo órdenes del teniente. Me dejan pasar. Lo dejo en la enfermería y vuelvo a mi puesto, frotándome las manos repetidamente.

 

11340.9. Decimotercer día.

 

Apenas habitamos una cuarta parte de la Burbuja, los edificios militares se agrupan en torno a la Torre Central, nos sentimos más unidos así, vemos que no estamos solos aunque cada vez seamos menos. A veces paseamos por las calles vacías, entramos en los edificios desiertos, una réplica de nuestro mundo de origen que después de tantos años ya habrá cambiado. Nos sentamos a jugar a los dados en alguna plaza o simplemente buscamos estar solos. Ya he leído todos los libros que hemos traído con nosotros, he visto todas las películas. Y camino por una ciudad sin estrenar, demasiado perfecta para considerarla en ruinas, demasiado solitaria para sentir que está viva.

Él camina detrás de mí, con sus pasos torpes e inseguros. El teniente dice que nos ve a todos iguales, pero creo que a mí me reconoce. Tal vez el teniente tiene razón y yo me equivoco. Tal vez sólo es el deseo de individualizarme, de sentir que no sólo ve el uniforme sino también mi persona. Yo fui el que le abrió la puerta.

Todavía le cuesta respirar, pero hemos calibrado el nitrógeno de la atmósfera de la Burbuja y ahora sólo tose de vez en cuando. Todos lo evitamos, nadie habla con Él y Él parece que simplemente nos observa, lo observa todo sin emitir ningún sonido. Le hemos enseñado las películas y se queda absorto mirándolas, como si fueran algo mágico. Detrás de la Burbuja continúa lloviendo, en todas mis horas de guardia miro con atención la cortina de agua que no se detiene nunca, pero no he visto a nadie más.

El teniente a veces nos sigue, le señala cosas y Él las mira. El capitán observa desde lejos, parece viejo y cansado… como todos, o quizás más. El capitán nunca me dirige la palabra pero observa, sus botas retumban sobre el suelo de metal.

—No consigo que entienda, sargento —me dice el teniente junto al puesto de guardia.

Él también está allí pero no mira el exterior como nosotros, mira hacia dentro, hacia la ciudad. Yo tengo curiosidad por salir, Él la tenía por entrar, quizás no es más que eso.

—Parece que llueve menos —dice el teniente al cabo de un rato.

—Dentro de poco saldrá el sol —asiento.

En nuestro mundo el sol era grande y cálido, nos hacía sentir bien. Aquí es pálido y débil, no llega a calentar pero siempre es mejor que la lluvia. La estación de sol es la más corta del año.

Vemos entonces cómo Él se sienta, patalea golpeando el metal. No parece hacerse daño, no llora ni gruñe tampoco.

—Debemos intentar entenderle antes de pedirle que nos entienda a nosotros —dice el teniente.

Su voz suena cansada, pero en sus ojos hay determinación. Saluda y se marcha, y me deja allí con Él. Él se ha quedado quieto y me mira. Mira el lugar por el que se aleja el teniente. Su gran boca está abierta en una sonrisa.

—¡Ve con él! ¡Ve con él! —le grito y señalo al teniente.

Él da un salto y se pone en pie, pero no avanza. Vuelvo a señalar, vuelvo a gritar, amenazante, hasta que se aleja. Lo hace lentamente, volviendo la cabeza hacia atrás. Yo no lo miro, sigo pendiente del exterior, de la lluvia. Es mi turno de vigilancia.

 

11341.1. Segundo día.

 

Durante días ha estado lloviendo sin fuerzas, el sol ha conseguido traspasar las nubes en más de una ocasión, dentro de poco alejará el manto gris del cielo y se quedará solo, un círculo blanco en un cielo azul ceniza.

Ahora sí los veo. A lo lejos. Este año no tiran piedras, tampoco se acercan. No son muchos, también ha sido un mal año para ellos. El teniente pasa largas horas mirándolos, apenas habla. El capitán hace días que no sale de su habitación.

—Uno menos, sargento, uno menos. ¿Quién será el próximo? —El teniente se encoge de hombros—. Da igual, dentro de dos años estaremos todos muertos.

Ha desistido de intentar hablar con Él. Ni siquiera sabemos dónde está ahora. Dejó el cuartel una mañana, nadie lo buscó. Era mejor así, tenerlo lejos. El teniente deja provisiones en uno de los edificios, a ninguno nos gusta eso. No queda mucho para nosotros y nuestra gente no vendrá a buscarnos. Lo sabemos.

Aguantar y esperar, eso es todo. Y morir.

—¿Qué vamos a hacer, señor?

—Podríamos salir a explorar, pero no me atrevo. No es justo perder tres o cuatro hombres para nada.

—El capitán…

—El capitán ya no dice nada. No sé durante cuánto tiempo tendremos capitán. Poco, muy poco, no verá las próximas lluvias.

El sol brilla pálido en el horizonte.

—Tal vez fuera sea más brillante, más cálido.

—Llevamos demasiado tiempo mirando, sargento. Es como mirar a través de un cristal, todo lo vemos deformado.

Siento un contacto viscoso en el hombro y me doy la vuelta. Él está ahí, sonriendo como siempre. Creo que sus ojos están tristes. Doy un paso atrás, no quiero que me toque. Él parece entenderlo y también retrocede.

—¿Qué quieres?

Mira al exterior.

—Quiere salir, sargento.

—¿Qué hago, señor?

—Déjelo salir.

—Pero…

—Es un poco absurdo hacer prisioneros en nuestras circunstancias, sargento.

Pulso los botones y se abre la puerta, una rendija por la que pasa el aire y un brillante rayo de sol. Por un momento puedo cerrar los ojos y sentir el viento en la cara, el sol en mi piel. Está frío.

—Se va, sargento, cierre la puerta.

Abro los ojos y lo veo alejarse, sin mirar atrás. Pulso los botones para cerrar la puerta. Los demás están allí, mirando, ahora lo miran a Él con sus rostros siempre sonrientes, ninguno se le acerca, ninguno intenta tocarle.

Entonces un grupo se acerca corriendo y empiezan a lanzarnos piedras, las vemos rebotar contra la Burbuja en medio de chispas eléctricas. Nos apartamos un poco, por inercia, aunque sólo miramos cómo Él se aleja.

—¿Al final consiguió entenderle, teniente?

—No, pero parece que ellos tampoco lo entienden.

 

11341.4. Decimoquinto día.

 

Llueve.

La temporada de sol es cada vez más corta, pero parece que brilla más intensamente que antes, incluso ahora parece que quiere traspasar las nubes y la lluvia brilla como si fuera de plata. El teniente es ahora el capitán. Hemos sufrido otras tres bajas este año. Las horas de guardia son más largas, pero tampoco hay mucho más que hacer.

El capitán se acerca, no se queda encerrado en sus habitaciones, a veces se olvida ponerse los galones de capitán y baja con su viejo uniforme de teniente, nadie le dice que se ha equivocado, que es otro el que debería acercarse a comprobar que todo va bien. Tampoco hay mucho que hacer.

—¿Alguna novedad, sargento?

Me cuadro cuando se acerca aunque no me mira, mira al exterior, esperando.

—Todavía no llueve mucho, señor, la otra vez llegó cuando más arreciaba la tormenta.

Sé que es la respuesta que espera, la que todos esperamos, nos hemos pasado toda la temporada de sol buscando la sombra que antes nos perseguía, queremos creer que volverá. Uno más en lugar de uno menos.

—Ahí está.

El capitán señala el exterior y vemos cómo se acerca, levanta los brazos y ahora creo que es a modo de saludo. No viene solo, le siguen otros nueve seres como él, todos cubiertos con lonas que no están demasiado mojadas esta vez.

Se queda parado detrás de la puerta, esperando, mirándonos, los demás van detrás de él. No lo tocan, parecen asustados.

—Abra la puerta, sargento —dice el capitán con voz firme.

—Señor… son diez.

La voz del capitán se vuelve impaciente.

—Nos quedan alimentos para un año, la Burbuja aguantará como mucho cuatro. Ya estamos muertos, sargentos. Ellos no.

—Tal vez nos ayuden —Una débil sugerencia que no parece animar los ojos del capitán.

—Tal vez, o tal vez nos maten del todo, pero tenemos que hacer algo, tenemos que reaccionar. Déjelos entrar —me apremia.

—Sí, señor.

—El año que viene vendrán cien —su voz suena calmada ahora, sus ojos siguen sombríos, como si hubiera tomado una determinación.

—Señor… ¿cien?

—Pero nosotros no estaremos aquí. Recuerde, sargento, cuando se marchen, deje la puerta abierta.

—¿Y usted, señor, no estará aquí para dar la orden?

El capitán espera a que entren todos, después coge una de las lonas que han dejado en el suelo, está caliente por la lluvia.

—Yo seré el primer grupo de exploración.

El capitán mira al exterior, a la lluvia que cada vez es más fuerte, pasa la lona sobre su cabeza. Yo vuelvo a pulsar el botón para abrir la puerta, no hace falta que me dé la orden, lo sé. Estoy inquieto pero intento cuadrarme, es lo que debo hacer. Entonces me mira y saluda.

—Sargento, dejamos de esperar.

Raelana Dsagan. Ha participado en alrededor de una docena de antologías colectivas, también ha colaborado en un librojuego: Infección, una novela por entregas: Perséfone y, a finales de 2013, se publicó su primera novela en solitario: Hijos de Tayyll. Su blog: http://escritoenagua.blogspot.com.es/.

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