Amor felino

Un relato de Anthony Zaldivar Arcos

Aterrorizada e incapaz de mover un solo músculo, así estaba Lorena. Su peor pesadilla se había hecho realidad. Un gato posaba sobre su cama, tenía el pelaje corto, atigrado y naranja. Su mirada le resultaba extrañamente familiar.

—Cálmate, soy Gustavo —dijo el animal.

Lorena se puso pálida y comenzó a hiperventilar, quiso alcanzar el cajón de la mesa de noche, pero no pudo. Entonces el gato que decía ser su esposo dio un brinco y con una de sus patas abrió el cajón. Con su hocico tomó una bolsa de papel y se la entregó a Lorena. Ella la recibió temerosamente, la acercó a su boca y empezó a inhalar y exhalar de forma pausada sin despegar la mirada del gato, al igual que este de ella. Lorena se percató de que el felino poseía unos ojos color café, igual que su marido; sin embargo ella no sabía nada de gatos, por lo tanto ese detalle era irrelevante. Podía haber miles de gatos con ojos color café. Se tranquilizó y puso la bolsa a un lado.

—¿Eres el diablo? —preguntó incrédula.

—No —respondió el gato—. Tampoco entiendo nada, sólo desperté y estaba así.

—Debo estar en una pesadilla —murmuró horrorizada.

—Te equivocas, soy real.

—Pruébalo —exigió.

—Lore, ¿quién eres tú?

Esa frase siempre se la decía Gustavo. Él era el único capaz de decirle Lore sin que ella se echase a rabiar.

—Todo lo que necesitas para ser feliz —dijo Lorena con los ojos llenos de lágrimas—. Gustavo…—trastabilló— sí eres tú.

Quería abrazarlo con todas sus fuerzas, pero su temor era mayor.

—Entiendo que no soportes verme, trataré de darte tu espacio hasta que resolvamos esto, ¿de acuerdo?

—Sí.

Gustavo bajó de la cama de un brinco.

—¿Dónde vas? —dijo ella.

—A la sala, no te perturbaré de ninguna forma —dijo Gustavo—. Mi presencia no es buena para tu ailurofobia.

—Gracias —tartamudeó Lorena.

***

Desayunar sola fue muy extraño para Lorena, Gustavo siempre decía algo que le robaba una sonrisa. Los dos estaban en sus veinte, apenas tenían dos meses de casados y él había conseguido un ascenso en su empleo. Lorena caminó hasta la sala. Gustavo estaba sentado sobre el sofá. Ella aún no podía creer lo que sucedía, la noche anterior había hecho el amor con su marido y hoy ese hombre era un gato. De todos los animales tuvo que convertirse precisamente en ese.

—¿Tienes hambre? —dijo ella, temerosa de que le respondiera y se confirmara aquella locura.

—No, gracias —dijo él.

Su voz era gutural y a pesar de eso sonaba como Gustavo.

—Llamaré a tu trabajo y les diré que estás… enfermo.

—Buena idea.

***

Cuando Lorena volvió a la sala para decirle a Gustavo que ya había realizado la llamada, vio que él estaba llorando. Quiso confortarlo, pero el pavor que le producía imaginarse al lado de un gato y acariciar su melena se lo impidió.

—Dijeron que podías tomarte tres días de descanso.

—¿Tres días? Ojalá sea suficiente —dijo Gustavo, el pelo húmedo alrededor de sus ojos lo delataba.

—¿Estabas llorando?

—Sólo lo haría por ti.

Las pocas veces que ella había visto llorar a su esposo, él siempre había hecho lo mismo. Aparentaba no estar haciéndolo y decía esa cursi frase, que a pesar de ser tan cursi, cuando lo escuchaba decirla, a Lorena le palpitaba el corazón sin mesura. Ya no tenía dudas, ese gato era Gustavo. Así que se armó de valor y, a paso lento pero firme, se acercó hasta él.

—¿Puedo sentarme a tu lado? —dijo ella.

Gustavo asintió con su pequeña cabecita.

—Arreglaremos esto.

Entonces, Lorena luchó contra su cuerpo y colocó su mano sobre el lomo de él. Por primera vez en su vida tocaba a un gato y sintió la suavidad de su pelo. También notó que era muy similar al cabello de Gustavo y comenzó a llorar.

—Te amo —dijo ella.

—Yo también —dijo él—. Sé que esto te está costando mucho.

—¿Estás asustado?

—Desde que desperté. He intentado mantener la calma por ti, pero ya no puedo. Necesito tu ayuda.

—Claro, claro.

Gustavo intentó acurrucarse sobre su regazo y de inmediato Lorena alejó su mano y se puso de pie.

—¿Qué sucede? —preguntó él.

—Perdóname, todo esto es muy abrupto —respondió ella.

—Entiendo.

***

Ese día ambos estuvieron investigando en Internet sobre maldiciones y hechizos. Lorena sentada en el sillón con la tableta en las manos y Gustavo en el sofá haciendo lo que podía con la laptop. Incluso ella no abrió su tienda de adornos para el hogar. Sin embargo el sacrificio fue en vano, no encontraron algo que coincidiera con el caso de Gustavo.

—Ya es muy tarde —bostezó Lorena.

—Vamos a dormir —dijo él.

Ella se puso muy nerviosa y empezó a sudar.

—¿Juntos? —dijo ella.

—No te preocupes, me quedaré en el sofá.

—Espero que eso no te moleste.

—Por supuesto que no, sería capaz de dormir en la calle si me lo pidieras.

Lorena lo hubiese hecho, de no ser porque el gato era su marido.

—Buenas noches.

—Descansa.

***

Lorena se despertó muy temprano. Caminó hasta la sala y ahí estaba Gustavo, sentado sobre el sofá como el día anterior, como cualquier gato.

—Buenos días —dijo él mirándola fijamente.

—Hola —respondió ella.

Aún le costaba asumir que ahora estaba casada con un gato.

—Hace un tiempo, una amiga mía me comentó sobre un curandero. Quizás pueda ayudarte.

—No creo en esos charlatanes.

—Ella me dijo que él era El Curandero. Hazlo por mí.

—Está bien.

—Me baño, me visto con lo primero que encuentre y nos vamos. Tú…

—Yo te esperaré aquí.

Lorena asintió y corrió hacia la ducha. Hoy tampoco abriría su tienda.

***

La habitación era pequeña y oscura, apenas iluminada por dos enormes velas negras encendidas que estaban sobre una mesa situada al fondo de la estancia, acompañada de una silla con un hombre sentado en ella.

—Buenos días —dijo Lorena—. Tengo un problema.

—Lo sé —dijo el hombre sin despegar la mirada de las hojas de coca que estaban dispuestas en el centro de la mesa—. El gato que traes dentro de tu cartera es tu problema.

—¿Cómo lo sabe?

—Lorena, sé todo de ustedes desde que atravesaron esa puerta ¡Gustavo, sal de ahí!

—Nos descubrió —dijo él saliendo de la cartera de su mujer.

El curandero ni se inmutó.

—¿Por qué no se sorprende? —le preguntó Lorena.

—He visto cosas terribles —respondió el—. Que tu esposo se haya convertido en un gato parlante no me sorprende.

—¿Puedes hacer algo? —dijo Gustavo.

—Los apus me han concedido dones, pero tu caso está fuera de mi alcance.

—Al menos, ¿nos puede decir si solucionaremos esto? —dijo Lorena.

—No lo harán —dijo el curandero—. Las hojas de coca no se equivocan.

—¿Qué quiere decir? —dijo ella.

—Mira la posición de esta —dijo, y señaló una de las tantas hojas de coca que estaban sobre la mesa.

—Yo no veo nada —susurró Gustavo.

—¿Cuánto le debo? —dijo Lorena.

—Ni un centavo. No he podido ayudar, por lo tanto no les cobraré nada.

—Gracias.

—Tome —dijo el curandero, y le entregó un collar de huayruros a Lorena—. Es un regalo.

Ella lo recibió y se fue en silencio con Gustavo en su cartera.

***

Dos días después Lorena estaba sentada sobre una silla plegable, contemplando el atardecer desde la terraza de su casa. Tenía a Gustavo en su regazo y lo acariciaba suavemente.

—¿Crees que me despedirán del trabajo? —preguntó él, angustiado.

—Es posible —respondió ella con voz suave—. ¿Qué haremos?

—No lo sé. Tu ailurofobia ha mejorado. Ya no necesitas a tu terapeuta.

—Tienes razón. Podemos vivir de las ventas de mi tienda. Pero, ¿qué hay de nosotros como pareja?

—Yo te amo. ¿Tú me amas?

—Por supuesto.

—¿Te parece suficiente?

—Sí —dijo ella con una sonrisa en los labios.

Y continuó admirando el atardecer junto a su cónyuge felino.

Anthony Zaldivar Arcos (Lima-Perú, 1990). Estudio Derecho. Mis relatos publicados: “Un Príncipe bohemio” (Fantasía Austral), “El rey de las arenas del tiempo” (Fantasía Austral) y “Una luz de esperanza en medio de la oscura noche” (NM #33). Twitter: @Eizid.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *