La restauración

Un relato de Paula Rivera

1

—¡Sergei!

La voz se oía del otro lado de la sala, el llamado claro e inexpresivo de una voz de mujer estéril anclado para siempre en los treinta años. Ni siquiera la pared reforzada podía ocultar su urgencia a Sergei, que contaba con paciencia las veces que su nombre era pronunciado allí, en aquella sala a la que estaba decidido a no acudir… al menos no como respuesta al llamado de esa voz.

—¡Sergei!

El niño dejó de contar y cerró los ojos. Le gustaba hacer eso de vez en cuando: era como si todo el mundo desapareciera a su voluntad y sólo permaneciera él. Él y su imaginación, más bien. Y entonces, cuando la casa y sus salas se desvanecían y el ruido parecía enmudecer bajo la oscuridad de sus párpados, Sergei golpeaba quedamente la puerta de su memoria y esperaba a que esta le abriera.

A veces se demoraba más de la cuenta, o derechamente le dejaba la entrada cerrada, como si jamás hubiera oído la súplica de esos nudillos infantiles o como si no le importaran. Cuando eso pasaba, Sergei suspiraba en medio de sus propias tinieblas e intentaba iluminarlas tan sólo con su imaginación. Era como intentar vaciar el mar con un balde, por supuesto, pero en ese acto de liberación y juego Sergei parecía estar un poco menos lejos de descubrir lo que buscaba. Resultaba imposible pasarse tardes enteras recogiendo y derramando agua marina sin que las manos y el espíritu se impregnaran de la sal que latía en cada ola.

Otras veces, la memoria abría casi enseguida la puerta y Sergei llenaba su oscuridad forzada de luciérnagas de recuerdos que se desplazaban en rutas de luz y maravilla.

Sus constelaciones favoritas formaban siempre la cara de su madre, pero no como estatuas o fotografías, que habían sido los recursos de los que se había valido su padre para traer a la otra, sino como un rostro móvil. Un rostro que era un mundo en sí mismo, con labios como montañas sonrosadas y cejas que se alzaban como bosques domesticados, de esos que había visto en los registros históricos en el centro educativo.

El rostro de ella, en cambio, era un terreno devastado, como los campos de la frontera que le había mostrado su padre antes de su llegada.

—Aquí alguna vez hubo bosques, ríos y montañas. Ahora no hay nada, pero los equipos ecológicos lograrán traerlos de vuelta. Tal vez demoren tres décadas más, pero lo lograrán algún día. Y quizá tú entonces puedas mostrarle esto a tu hijo y decirle: “Aquí alguna vez hubo cenizas, vacío, el recuerdo de una pérdida”.

Podría haber añadido también: “Y quizá tu hijo tampoco te creerá”.

Los ojos de Sergei se posaron en ese paisaje como se habían posado antes en aquellas otras cenizas, las que no se restaurarían de todo lo incinerado. Le resultaba tan imposible imaginarse que alguna vez ahí había habido bosques, ríos, montañas, como que el rostro de su madre hubiera existido alguna vez. Había sido en ese momento que se había propuesto el ejercicio de ir a golpear la puerta de su memoria, para tener la oportunidad de que su infancia estancada pudiera decirle algún día al adulto que sería que sí, que en algún punto de esa vida rota había sido acunado por los brazos de una madre.

Sergei no sabía si se creería a sí mismo a futuro, pero sabía que quería intentarlo. Nunca sería peor que su padre. Nunca creería que la ceniza podía usarse para modelar una estatua. Nunca.

—¡Sergei!

La voz sonó ahora en su misma habitación. Sergei abrió los ojos y la vio. Ella. Los cerró otra vez, por unos instantes, con la esperanza de que al volver a abrirlos hubiera desaparecido, pero eso jamás sucedería. No con ella, no ahora.

—¿Olvidaste que esta es la primera noche en el año en que nos quedamos solos? Vamos a divertirnos, Sergei. Ven.

Pero fue ella la que se acercó y cogió su brazo. El niño se estremeció: sí lo había olvidado. Ahora era demasiado tarde para hacer algo. Su padre estaba de visita con unos amigos que vivían muy lejos, lo suficiente para que no los alcanzara ningún grito o sollozo. Pero, ¿qué más daba? Sergei ya había gritado y sollozado en su presencia, y él no había dicho ni hecho nada.

—Démonos un baño.

Ella se desvistió.

“No es ella. Ese no es su cuerpo”, se repitió Sergei, pero no pudo evitar mirar sus senos. Pensar que alguna vez se hubiera alimentado de uno de ellos, en una reconfiguración anterior de la materia, le resultaba doloroso. Más aún recordar que alguna vez había estado al interior de ese vientre, formando parte de ese tejido. ¿Y si a él también lo hubieran restaurado? Pero no, era imposible. Y sin embargo.

Ella lo desvistió a él. El niño comenzó a temblar.

—¿Tienes frío? Ven a mis brazos.

Ella hundió el rostro del niño en sus pechos. Estaban más fríos que su propia piel, vacíos. Hechos de cenizas, el recuerdo de una pérdida.

Luego, el agua de la ducha comenzó a caer. Como siempre, Sergei dejó que las gotas empaparan su rostro.

“No estoy llorando. No lo estoy”.

Ella extrajo la esponja y comenzó a jabonar su cuerpo. Sergei recordaba aún la ruta que seguía su madre entonces, su energía al restregarle la mugre de los días de verano y sus risas al diseñarle tatuajes ridículos de espuma. Nada de eso quedaba en esa mano, que se detenía en otros rincones de su piel y que reía por otros motivos.

“Ahora estás limpio”, decía su madre, en el baño. “Eres un sucio”, le había dicho una vez a su padre, cuando Sergei y ella lo habían descubierto tal y como ahora estaba él: desnudo, aturdido, con el pene despierto.

“Ahora estoy sucio como mi padre”.

Pero esa era una suciedad que no podía remover con el jabón ni el agua ni con ninguna otra cosa. Tal vez, si se hubiera abierto la carne para permitir que entraran en su interior… Pero no.

Ella al fin terminó con el baño. El niño se quedó envuelto en una toalla de adulto, sintiendo cómo la fragancia dulzona del jabón evocaba un mundo perdido: montañas, ríos, bosques.

Sergei vomitó.

 

2

—¡Es el colmo! —gritó ella—. ¡Te di permiso para una noche y te quedaste tres!

—Disculpa, querida. Es que hace mucho tiempo que no veía a mis amigos.

—¡Te dije que podrías verlos más si mejorabas en tus estudios! Ahora tu examen es mañana y no alcanzaré ya a hacerte preguntas para ver cómo estás. ¿Qué voy a hacer contigo, Alexei?

Sergei se deslizó silenciosamente a su cuarto. Sabía cómo terminaría esa discusión: su padre pediría disculpas y ella bufaría, con los ojos entornados. Entonces papá reprobaría sus exámenes y se vendría un nuevo período de preparación. Probablemente contaría con un tutor externo y ella restringiría al mínimo sus libertades: nada de televisión, ni de solitario, ni menos de charlas con los amigos. Y ella pediría una de esas tardes a Sergei que entrara con cuidado a la habitación de su padre e intentara explicarle por qué estaban haciendo eso por él. Por qué era importante estudiar en un mundo en que los ignorantes tenían que lidiar todo el tiempo con sustancias radioactivas mientras los letrados las conocían en la comodidad de sus laboratorios.

Pero cuando todo sucedió tal y como Sergei había predicho y le tocó plantarse ante la habitación de su padre, supo que le resultaría imposible decirle eso.

Alexei lo hizo pasar, con los ojos enrojecidos, supuso, de tanto estudiar. Ambos se quedaron unos instantes en un silencio que al niño le recordó al funeral.

—Creo que esto fue una mala idea después de todo —le dijo de sopetón.

Sergei empezó a sentir náuseas. Comprendió que había muchas cosas de las que ya no podría hablar, y ante las cuales la petición de ella no parecía tan difícil de cumplir.

Ella dice que necesitas estudiar para mejorar tu calidad de vida —comenzó—. Dice que los obreros tienen que estar siempre en contacto con sustancias dañinas, mientras que los científicos trabajan fuera de peligro.

—¿Sabes que no nos hemos acostado desde que la traje a casa?

Sergei no respondió. No había forma de responder a eso, y tampoco se suponía que debía hacerlo. Al desviar la vista, descubrió una botella vacía. Intentó concentrarse en su tono verdoso, pero su padre notó su atención.

—Por supuesto que he vuelto a beber y a irme de putas. La perdí por eso, pero no pude recuperarla. No he podido pedirle perdón. Esta no es ella en realidad: no sabe de perdones, de culpas o de tristezas. No sabe nada de este mundo ni de nosotros. Es sólo un recipiente de carbón, una escultura orgánica y animada con su aspecto, pero sin su alma.

»Lo sabes, ¿verdad? ¿Lo entiendes? Esa cosa no es tu madre. Tu madre murió esa tarde.

Sergei lo sabía y entendía. Pero nada en su cuerpo hubiera podido reaccionar para asentir o decir que sí.

—Me trata como a un niño. Me rechaza como hombre. Ella no era así. ¿Y a ti? A ti te da responsabilidades de hombre. Algo ha salido muy mal en todo esto.

Sergei comenzó a retroceder. Quería irse de allí, de esa sala, esa casa, ese país, ese mundo.

En eso, su padre comenzó a llorar.

—Le dije que era algo sin importancia… Que yo la amaba a ella. ¡Que todo estaba mal después del desastre, pero que podíamos salir adelante…! ¿Lo entiendes, Sergei…? Te mentí. Ella no tuvo un accidente. Ella se arrojó del risco. ¡Ella se mató! Nunca podremos saber qué expresión tuvo su rostro al caer, si pensó en ti o en mí. Nunca podré pedirle perdón…

Sergei salió de la sala. Ella se topó con él en el pasillo, desde donde los sollozos sonaban como un canto apagado de días que ya no volverían. Ella era insensible al llanto y a los gritos, porque no tenía alma. Él siempre lo había sospechado, pero ahora lo sabía.

—Volverá a reprobar —le dijo entonces ella, y Sergei supo que así sería, si su padre conseguía aguantarse la vida esa noche—. Y si lo hace, lo mandaré a un internado. Y nosotros nos quedaremos al fin juntos, a solas. Es lo que siempre he deseado. ¿Tú no, Sergei?

El niño cerró los ojos y la puerta de su memoria estalló en pedazos. Todos esos fragmentos de recuerdos que no había conseguido entender fueron calzando en su mente, formando un rompecabezas de desesperación: su padre borracho, su padre con el pene despierto ante otras mujeres que no eran ella, su padre golpeándolos a ambos.

Claro que su madre siempre había deseado quedarse con Sergei y deshacerse de su padre. Pero, a diferencia de ella, su madre no había podido dejar de querer a ese hombre. Y, a diferencia también de ella, su madre entendía lo que era la derrota absoluta y el dolor irrecuperable.

Sergei abrió los ojos.

Ella no esperó respuesta y se marchó.

 

3

—El modelo no presenta desperfecto, pero es posible que la inserción de los comandos de comportamiento haya sido defectuosa, a partir de lo que usted señala. Comprenderá que la restauración de personas fallecidas es un proceso realmente complejo y éticamente delicado. Recrear el cuerpo es la tarea más sencilla gracias a los documentos provistos por los seres queridos y por la propia memoria de los restos orgánicos, pero la reasignación de personalidad es una tarea mayor.

Alexei bufó.

—Eso ya lo sé. Ya firmé el puto contrato.

—Pero ¿ha leído usted con detención su copia luego de hacerlo? —preguntó el asistente. Alexei no supo si ese tipo de comentario, que debía repetirle a todo cliente, le causaba placer o frustración—. Allí se establece que acepta los riesgos y complicaciones derivadas de la recepción de su persona recuperada. Ha habido casos de familias que han restaurado a miembros que resultaron ser sicópatas encubiertos, ya que la recreación orgánica acentuó esos rasgos. Su caso al menos no parece tan complejo: un simple intercambio entre roles familiares. El esposo como el hijo y el hijo como esposo, algo incómodo pero inofensivo.

Alexei se alzó del asiento y cogió del cuello al asistente. La irritación de sus ojos ahora parecía provenir de experiencias mucho más horribles que el estudio o la ausencia de sueño por ebriedad.

—No vine aquí para justificaciones estúpidas. Quiero que arregle el problema o se lleve a esa cosa de mi vida.

—¡Pero no me está usted escuchando! —gimió el hombre, forcejeando—. ¡Suélteme!

Alexei le hizo caso, más por hastío que por comprensión.

—No podemos reparar algo que no está mal manufacturado según contrato. El examen al cuerpo de su esposa restaurada no arrojó ningún resultado que demuestre malformación o índices de radioactividad remanentes del proceso de restauración. Es una mujer sana de alrededor de treinta años. Lo único distintivo es su esterilidad, pero eso es un problema que tenemos con todas las mujeres en edad fértil que hemos recuperado.

Alexei se sentó otra vez. Había algo en su silencio espeso que hizo titubear por unos momentos al asistente, pero luego prosiguió.

—No hay forma de comprobar que se insertaron de manera trastocada los datos para la configuración de personalidad. Como le mencioné, es algo muy delicado: pueden influir las recombinaciones biológicas o los nuevos estímulos de nuevos contextos… Quizá incluso es posible que en su caso ella siempre haya manifestado una tendencia oculta a infantilizarlo a usted o a tratar a su hijo como un adulto, tendencia que ahora puede haber salido a la luz, exageradamente.

—¿Cómo me deshago de ella?

El asistente se arregló el nudo deshecho de su corbata.

—Es un ser humano, después de todo. Restaurado, sí, pero humana al fin y al cabo.

—¿Qué intenta decirme?

—La empresa no acepta devoluciones, porque para fines éticos la persona restaurada sin desperfectos es una persona, no un producto. ¿Cómo se deshace alguien de otra persona?

Alexei comenzó a reírse. El asistente se despidió formalmente y se marchó. Debía ser él también un restaurado, pensó el hombre, y volvió a sucumbir a un ataque de risa histérica.

Así se lo encontró Sergei, por la tarde.

—Llámala —le dijo, poniéndose serio de pronto—. Convéncela de que tenemos que ir a dar un paseo.

 

4

Y Sergei la convenció. Ella no le diría que no a Sergei si éste hacía buen uso del rol que el destino le había puesto encima como un yugo.

Sin duda, esa había sido una mala idea después de todo: restaurar a su madre, la mera existencia de la restauración, la guerra. Pero cuando las instituciones encargadas no daban respuestas, cada uno debía arreglárselas como se podía.

¿Cómo se deshace alguien de otra persona?

—¿Adónde iremos?

—Es una sorpresa —respondió Sergei.

El auto se detuvo cerca de los riscos. El camino aún estaba abierto, a pesar de tantas caídas. Tal vez esa familia que había recibido a su pariente como un sicópata también había aprovechado esa dejadez. Tal vez todas las familias de los guardianes de frontera tenían a un pariente restaurado y pensaban que esa había sido una mala idea.

—¿Recuerdas este lugar? —le preguntó Alexei, mientras todos se acercaban al risco. La visión era desoladora, pero ya ninguno de ellos podías sentir desolación a esas alturas.

—¿Se supone que debería recordarlo? Porque creo que no.

—La memoria es una cosa extraña. A veces crees recordar algo que nunca viviste. Otras veces, olvidas experiencias muy importantes. No hay una tercera opción. Al menos no en los seres humanos originales.

—No entiendo, Alexei. ¿Lo entiendes tú, Sergei?

—Siempre quise despedirme de ti —respondió el niño—. Eso fue lo que más me dolió. Al menos hubieras dicho adiós.

—Y yo siempre quise pedirte perdón —continuó Alexei—. Pensé que si te traía de vuelta podría hacerlo, pero ya ves: resultó ser una mala idea. Pero ahora la arreglaremos, no te preocupes.

—No entiendo nada de lo que dicen. Creo que debemos regresar.

—Nosotros también lo creemos.

Alexei la empujó al vacío. Ambos siguieron con la mirada y el corazón su caída y la expresión distorsionada de su rostro, hasta reventarse contra el suelo.

—Perdóname, querida.

—Adiós, mamá.

De regreso, pasaron con el auto por los campos devastados, donde aún podía verse al equipo ecológico trabajando.

Alexei no emitió ningún comentario esta vez.

Paula Rivera (Viña del Mar, Chile, 1987). Ha publicado la novela “La niña que salió en busca del mar” y cuentos en algunas antologías.
Blog: tierradefay.blogspot.com.