La playa

Un relato de Víctor Selles

Hay un niño en medio de una playa de arena oscura, casi negra. Tiene la piel tostada por el sol y un bañador rojo, tan desteñido que parece rosa. Contempla el mar infinito, las olas como lenguas turquesas, translúcidas, arañando la tierra. Sus crestas forman una espuma algosa y espesa, una espuma sólida y marrón como el esputo de un fumador moribundo.

El niño se llama Bel y se ha perdido, aunque no le importa. Él había querido escaparse de todas formas, porque papá y mamá estaban discutiendo otra vez, bajo la sombrilla. Papá tenía la cara enrojecida y los puños apretados. Mamá todavía sujetaba esa novela de Naguib Mahfuz entre los dedos, con una página marcada. Pero los gritos la habían arrancado de la historia y la habían traído de vuelta. Mamá había llorado de rabia; ahora hipaba.

Asustado, Bel se había escapado corriendo y nadie le había echado aún en falta. No era más que otro niño pequeño entre cientos de niños pequeños, con sus palas, sus cubos y sus balones hinchables. Había vagabundeado un rato por la playa —la otra playa, la de arena blanca—, recogiendo conchas y lanzando piedrecitas a las gaviotas. Después encontró el agujero.

No era un agujero muy grande, pero sí lo bastante como para engullirlo entero. Negro de verdad, ausencia total de luz. A Bel le recordó a esos agujeros que pinta el correcaminos en los dibujos animados, y que siempre acaban tragándose al coyote. La arena se deslizaba en círculos concéntricos a su alrededor, se caía por el borde y desaparecía rechinando en la oscuridad.

Bel se asomó al agujero, que despedía un calor seco, casi radiactivo. Cuando por fin se decidió y saltó dentro, sintió cómo se daba la vuelta. Su lado izquierdo pasó a estar al lado derecho. De pronto se percató de que ahora era zurdo. El logotipo de su bañador, la cabeza de un tigre, también se puso del revés. El cambio fue extraño y un poco doloroso. Como retortijones en el estómago, pero a lo largo de todo el cuerpo.

Bel ha sido escupido al otro lado del agujero y ahora se encuentra en otra playa completamente distinta. Aquí cuesta más respirar, y el cielo tiene un brillo verdoso y amenazador. Las nubes blancas y algodonosas se han vuelto jirones de un amarillo pálido. Los granos de arena son tan finos que más que arena es barro. Una playa de lodo marrón oscuro que se extiende en todas direcciones.

Bel no está asustado, a pesar de que ya no ve el agujero por ninguna parte y empieza a dudar de que pueda volver a casa. Presta mucha atención, pero sólo escucha el rumor hipnótico de las olas. Los gritos de sus padres no llegan hasta esta playa, y de momento eso es más que suficiente. Ya se asustará más adelante, cuando empiece a tener sed y la noche se derrame sobre el cielo y el mar como el contenido del caldero de una bruja.

 

 

Camina durante un rato en las tres únicas direcciones posibles sin encontrar nada distinto. Después se sienta en el suelo y empieza a jugar con el barro, fabricando una fortaleza. Una de esas fortalezas fútiles, condenadas a perecer bajo el mar con la subida de la marea. A la vez estúpida por lo inútil, pero hermosa en su fugacidad. Y, como todas las fortalezas que se hacen a orillas del mar, necesita convertirse en presa para contener el agua. Así que Bel empieza cavando un foso, y luego edifica murallas, y después añade compuertas para distraer los primeros envites del océano.

El barro se presta a estos juegos. Se modela con facilidad, mucho más que la plastilina de colores con la que a veces juega en su cuarto. Sus dedos marcan ágiles las formas, y las imágenes que pueblan su cabeza se traducen casi de inmediato. Alarga los muros con paredes en forma de ele para desviar el cauce. Él llama pililos a esas estructuras, aunque no recuerda por qué.

Cuando se cansa de alzar construcciones coge un montoncito de barro y empieza a amasarlo. Define las formas generales, y luego empieza a trabajar concienzudamente hasta que por fin lo termina. Es un hombre, un homúnculo pequeño y marrón de detalles perfectos. Un hombre con músculos bien torneados, ojos almendrados y párpados exquisitamente cincelados, pero todavía impreso con las marcas que sus huellas dactilares han dejado sobre el barro húmedo. Su piel tiene la textura granulosa de las galletas que preparaba su madre.

Termina y se levanta viento. Uno de esos vientos de playa que saben a alga y que te ametrallan el rostro con granos de arena. Bel cubre la figurita con sus manos, como si estuviese protegiendo a una cría de pájaro que se ha encontrado en el suelo. Siente el calor palpitante que despide.

Cuando el viento pasa y él retira las manos, la figurita ya está viva y respira. Se pone de pie sobre la palma de su mano. Tiene una pierna un poco más corta que la otra y está a punto de perder el equilibrio. Culpa del artesano. Bel amaga una sonrisa y extiende uno de sus dedos para ayudarlo. La figurilla se agarra, se incorpora por fin y se frota los ojos con las manos. Tose y escupe unas piedrecitas.

—¿Hablas? —le pregunta Bel.

Pero es difícil hablar con una lengua de arena. La figurilla sólo gorjea, un ruido que parece la mezcla entre el canto de un pájaro y el ruido que sin duda haría un escarabajo si fuera lo bastante grande. Aparte de pelo, pensó Bel, le tendría que haber hecho alas. Unas alas bonitas y largas, con plumas de puntas afiladas pero suaves al tacto.

Bel deposita al hombre sobre uno de los muros de la presa, y este mira su mundo con desconfianza. Las ciclópeas murallas de barro negro, salpicadas de compuertas y contrafuertes, desprovistas de vanos. Y al fondo el mar amenazante, pues cada una de las olas es para él como un tsunami ensordecedor. Pero la marea todavía está muy lejos y enseguida se tranquiliza.

—Todo esto es para ti —dice Bel, abarcando la presa y lo que hay más allá con un gesto de la mano.

El hombre asiente. Bel sigue amasando la arena con cuidado, engrosando las paredes, fabricando un segundo foso. Mientras tanto, el hombre recorre sus dominios. Se asoma por el borde de los muros, contempla el desierto de dunas, y después se desliza por una suave pendiente hasta el suelo.

—¿Quieres que juguemos a algo?

Los dos juegan durante un rato. El hombre se esconde entre las oquedades de los muros y Bel intenta encontrarlo. Pero el hombre está muy triste. Bel se da cuenta enseguida. Comienza a fabricarse una casa diminuta, que es poco más que un montoncito deforme de barro con un agujero en un lado. Después se mete dentro y, durante largo rato, lanza granitos de arena al exterior.

El mar está cada vez más cerca.

Bel sabe lo que debe hacer, lo ha leído en el libro de los domingos. Debe crear una mujer. Pero tiene miedo, porque quizá el hombre y la mujer empiecen a discutir a gritos, como sus padres, y él no podría soportarlo. Si allá en su mundo hay tantos hombres y mujeres para elegirse mutuamente y aun así acaban siempre siendo incompatibles, ¿qué no ocurrirá cuando hay sólo uno para cada uno?

—Estás mejor solo —le dice Bel, cuando el hombre asoma la cabeza—, como yo.

Pero el hombre suplica, tirándole del dobladillo del bañador. Y Bel no puede negarse, porque la vida de la figurilla es responsabilidad suya. Así que coge otro montoncito de arena y se pone a trabajar para crear a una mujer.

Por alguna razón, su piel es dos tonos más clara que la del hombre, como si se tratara de una convención artística en una tumba del Valle de los Reyes. Tiene los ojos grandes y los labios carnosos. La mujer es bonita, pero es menos perfecta que el hombre. Al fin y al cabo Bel es un niño. Se conoce a sí mismo, pero a la única mujer que de verdad conoce es a su madre, y nunca la ha visto desnuda.

El hombre coge a la mujer de la mano. Ella podría haber gritado, como la novia de Frankenstein en aquella película en blanco y negro. Pero no lo hace. En lugar de eso, mira alternativamente a Bel y al hombre con sus ojos brillantes de berilo. Bel sonríe a la mujer y le da un empujoncito con la punta del dedo índice.

—Está bien. Ve con él. Todo está bien.

El hombrecillo conduce a la mujer hasta la casa disforme e irregular que ha fabricado. Van dejando tras de sí un sendero de huellas minúsculas sobre el barro húmedo. Antes de entrar ella se gira una vez más y contempla el rostro del dios gigantesco que oscurece el cielo, un dios niño con el cabello revuelto y orejas de soplillo. Después los dos desaparecen dentro de la casa.

¿Y si realmente siempre ha sido así? Se pregunta Bel. ¿Y si Dios es realmente un niño, caprichoso e ignorante, un niño sin un plan? El pensamiento le resulta aterrador.

Bel se queda un rato observando las olas, que han empezado a derramarse sobre el primero de los fosos y están formando un riachuelo. El fin ya es inminente. El niño lo sabe porque lo ha visto muchas veces antes. Sin previo aviso llegará una ola mucho más grande, como si el mar tuviera una prisa apocalíptica. Los pililos desviarán una parte, pero enseguida penetrará tras las murallas y se extenderá por el suelo como una alfombra líquida. Los muros se desmoronarán, y con ellos todo lo demás se vendrá abajo.

De pronto Bel oye un gritito, como el de un ratón cuya columna vertebral ha sido seccionada por una trampa. El niño se inclina sobre la casa y retira con las uñas el tejado de barro. Ve al hombre con su pene erecto en una mano y un afilado fragmento de cuarzo en la otra. Ahoga un gemido.

La mujer está muerta, tendida en el suelo con las piernas abiertas y un reguero de arena deslizándose entre ellas. Su rostro, su pecho, sus brazos, se van deshaciendo, perdiendo entidad, hasta que no es más que un montoncito informe y claro sobre el barro.

Bel no le esculpió una vagina. No supo hacerlo, pues jamás había visto una. Así que el hombrecillo ha tratado de fabricar un agujero en pleno momento de enajenación sexual. Ahora mira a Bel, pequeño y estúpido, con su corazón de piedra herido por los remordimientos. Pero ya es tarde. La mujer no es más que arena. Cenizas a las cenizas y polvo al polvo.

—¿Por qué?

Su voz se pierde en el viento, y el hombre se encoge con terror religioso. No hay respuesta, ni siquiera en forma de gorjeos incomprensibles. Es el primer encuentro del niño con la locura, con la oscuridad del alma del ser humano, con el ardor de las pasiones. Ha creado un monstruo con sus propias manos, y es cómplice de una muerte. Uno de sus hijos ha matado al otro. Y no lo entiende. Pero sabe que no puede dejar esto así. Porque es su responsabilidad y porque todo crimen debe ser castigado. Es la única respuesta al caos. Lo único que da sentido a lo que, de otra forma, no es nada más que agua, barro y sal.

Bel llora, y es como si el mar estuviera inundando también sus ojos. Después coge al hombrecillo entre los dedos. Se lo pone en la palma de la mano. La cierra. Siente al hombre dentro revolviéndose frenéticamente, como los saltamontes verdes y amarillos que atrapa a veces entre la hierba. Y aprieta. Nota perfectamente el crujido, como de una ramita quebrándose. Abre la mano. Ahora el hombrecillo es tan sólo un terrón deshecho, restos de café que se quedan en el cazo y se sacuden en el fregadero.

 

 

El mar no tarda en llegar. Erosiona los edificios y devora la ciudad desierta a lametazos. Bel se queda allí y lo ve todo, hasta que el agua fría y extraña le moja las plantas de los pies. Después vagabundea con las últimas luces de la tarde. El cielo adopta colores imposibles, verdes oscuros como las escamas de un dragón, púrpuras que estallan en el aire como fuegos artificiales.

El mar parece querer seguir avanzando. Bel sospecha que no se detendrá nunca. Una marea cada vez más alta que es como el paso del tiempo, aplastando las civilizaciones, las especies, el mundo y, por fin, el universo. Nos va tragando poco a poco, hasta acabar del todo con ese error fortuito que es la vida.

Víctor Selles vive en el sótano de una casa victoriana en el sur de Inglaterra, infestada de fantasmas. Sus relatos han sido seleccionados en revistas como Ultratumba y Calabazas en el Trastero. También escribe en www.moraldefrontera.blogspot.com.