Lovot

Un relato de Santiago Eximeno

Sé que sabrá apreciar su boca succionadora. Esa es la frase que Antonio no logra apartar de su cabeza. El encargado habla y habla sin parar, pero esa frase se le ha quedado grabada en la mente. Dentro de la tienda hace calor, demasiado calor. Los ventiladores del techo no logran paliarlo. Además el local es un semisótano y la humedad que se filtra desde el suelo y se dibuja en las paredes con ánimos ocultistas le provoca malestar. Le resbalan gotas de sudor por la parte de atrás de las orejas, por la nuca. Tiene el cuello de la camisa empapado. No quiere desabrochársela y quitarse la corbata, pero está tentado de hacerlo. El encargado lleva su camisa –colorida, repleta de símbolos fálicos– abierta de arriba a abajo, exhibiendo su torso depilado, de músculos marcados. Y un sombrero de copa exageradamente grande. Y no deja de sonreír en ningún momento.

—De todo, amigo, de todo. Pero lo importante es saber qué es exactamente lo que está usted buscando —dice el encargado.

Tiene un acento raro, inusual para un hombre rubio y pálido. Un acento caribeño que lo localizaría más como una tercera generación de suecos residentes en cuba que como un madrileño regentando una tienda erótica (pornográfica no, caballero, erótica; ya le ha corregido dos veces) en pleno centro de la capital.

—No lo sé —dice Antonio, y en el fondo no miente—. No estoy seguro. Estoy buscando algo que pueda pagar y que sea… creíble.

El encargado se ríe.

—¡Creíble! Claro, amigo —le pasa el brazo por encima del hombro y el sudor de su espalda empapa su camisa—, claro. Por eso ha venido a ver la línea lovot.

—La del escaparate —dice Antonio, y el encargado asiente y le guía hacia una de las paredes del local.

Es una tienda pequeña, pero está repleta de cosas. Por todas partes aparecen dildos de diferentes tamaños y formas; para algunos de ellos Antonio, aunque se esfuerza, no logra encontrarles un sentido. Imagina que es esa una de las razones que argumenta su mujer con sus amigos para hacer lo que ha hecho. Dildos, por favor. Ella los llamaría pollas. Y las hay por todas partes. Y disfraces de todo tipo. Y máscaras de cuero, cuerdas y cadenas. Y algo tan absurdo como una vagina en lata, con instrucciones sobre su mantenimiento y su limpieza en un folleto. Y una estantería llena de revistas y pantallas de televisión emitiendo viejas películas en blanco y negro. Y corsés, hermosos corsés. Y un dispensador de aplicaciones. Y una sala de chat. Y una sección llena de libros de papel y otros objetos barrocos sólo para mujeres.

Y, claro está, una sección entera dedicada a la línea lovot.

Son, en esencia, autómatas fabricados para mantener relaciones sexuales. El encargado no se anda con demasiadas sutilezas al describirlos. Llevan una programación básica instalada en un firmware que puede ser configurada de forma remota por el usuario en su misma casa. Tienen conexión wi-fi y bluetooth, para que puedas controlarlas desde tu smartphone, con la voz o con el mando remoto que incluye. Pueden realizar acciones limitadas –incluso pueden llegar a dar algunos pasos–, la mayor parte de ellas relacionadas con el sexo en todos sus aspectos, y la duración de su batería autónoma varía en función del uso que se le dé.

—Los jodidos practicantes del sexo tántrico me dicen que se les quedan cortas —dice el encargado y ríe su propio chiste—, pero vamos, seis horas de autonomía no se las quita nadie, amigo. Y eso, que quede entre nosotros, yo creo que es más que suficiente, ¿no?

Antonio no puede reprimir la necesidad de realizar un rápido cálculo mental antes de asentir. Sí, será suficiente.

Acompaña al encargado al inicio de la fila, donde descansa una lovot básica. Los engranajes que forman sus brazos y sus piernas son visibles y en el lugar en el que debería estar su cabeza sólo se percibe un espacio vacío. Del cuello cercenado surgen algunos cables de colores, filamentos de cobre y los dientes dorados de la base de la columna.

Está sentada en una silla de mimbre y tiene las piernas muy abiertas, mostrando su sexo.

—Modelo totalmente configurable —dice el encargado—. Nos preocupamos incluso de la profundidad y el ancho de la vagina, para que se sienta completamente satisfecho. Como verá no incluye la cabeza, ya que ese accesorio concreto es altamente configurable. Podemos modelar un rostro tridimensional en plástico basado en una imagen que usted nos proporcione y después ajustarle los accesorios que precise: ojos del color deseado, pendientes, boca succionadora…

Y ahí está de nuevo la boca. Antonio quiere interrumpirle, comprar lo que sea y salir de allí cuanto antes. Ha venido directamente del trabajo –de hecho se ha escapado antes de tiempo, pero esa es otra historia– y tiene que estar en casa antes de que vuelva Julio; apenas dispondrá de unas horas en casa para prepararla y configurarla. Y no quiere fallarle a Julio, no quiere fallarle otra vez. Pero también necesita información básica antes de decidirse. Sabe lo que quiere, pero necesita confirmar algunos detalles antes de cerrar la compra. El precio es lo suficientemente prohibitivo como para no dejar nada al azar.

—¿Cómo es el tacto? —pregunta, y al instante sabe que ha equivocado las palabras.

El encargado ríe a carcajadas.

—¡El tacto! Sígame. ¿Ve este modelo? Tiene recubierto el cuerpo de piel sintética. Desde luego ya le adelanto que no es lo mismo, que no tiene nada que ver con un ser humano real, que piense más bien en… no sé, en un peluche de esos rellenos de bolitas de cuando éramos pequeños, pero la sensación de esas manos haciéndote una paja… Inolvidable, se lo digo yo. Toque, toque, no se reprima, hombre.

El encargado le anima a continuar hasta que llegan a otra lovot, de piel negra y brillantes ojos verdes. En la frente tiene una pequeña pantalla de vídeo que proyecta una película pornográfica. Con animales.

—Y si me pregunta por el coño —dice el encargado, y le da un codazo— las negras son las mejores. No me pregunte por qué, pero las fabrican con más cariño. De verdad.

—Yo la quiero blanca —dice Antonio.

El encargado asiente.

—Claro, no se preocupe por esos detalles, ahora mismo lo concretamos. ¿Para cuándo la necesitaría? En los modelos más configurables, los que incluyen un rostro a medida, podríamos tardar unas dos o tres semanas.

—Querría llevarme una hoy mismo —dice Antonio.

El encargado abre la boca, la cierra.

—Jesús, sí que estamos calientes. En fin, no sé, tendríamos que tirar entonces del material que tenemos en la tienda. Tenemos varios modelos que podemos preparar ahora mismo, pero la oferta en accesorios y personalizaciones es necesariamente menor, claro. Tendrá que prescindir de algunas cosas. Si eso no le supone un problema…

—¿Puedo proyectar yo los contenidos que desee en el rostro? Vídeo o imagen estática.

El encargado asiente.

—Si se refiere al modelo del escaparate…

—Sí.

—…por supuesto, claro que puede hacerlo. Tiene que adaptar sus vídeos o imágenes al formato y a la resolución que exige, pero eso puede hacerlo usted mismo con un programa de edición de vídeo en casa. E incluso el software interno de la lovot se puede hacer cargo, aunque los resultados no son tan satisfactorios.

—¿Y el audio?

—Claro —dice el encargado, y pulsando en la nuca de una lovot una suave música brota de su cabeza—. Todas incluyen sonido, lo tengo desactivado para no saturar el ambiente de la tienda.

Antonio hace algunas preguntas más, pero ya lo tiene claro. Se llevará el autómata del escaparate. Es una mujer blanca, de aproximadamente un metro setenta, con todo el cuerpo recubierto de piel sintética excepto las costillas y la espalda, que albergan la batería y que no se cubren hasta que se lo lleva el cliente; previamente tienen que explicarle cómo recargarla y cómo limpiarla. Mantenimiento básico. Su rostro es una pantalla de vídeo de siete pulgadas sobre una –recurrente, difícilmente olvidable– boca succionadora. Tiene las uñas pintadas de un rojo brillante, pero el encargado le dice que es fácil de eliminar ese tinte si lo desea.

Mientras arreglan los papeles del contrato y Antonio procede con el pago un hombre desmonta la lovot y la empaqueta en una caja.

—No pesa más de veinte kilos —dice el encargado—, otro valor añadido. ¿Ha traído coche?

—Sí —responde Antonio mientras habilita con su chip personal el pago.

—Vale. Mario le ayudará a llevarla.

—¿No hay lovot masculinos? —pregunta Antonio.

El encargado sonríe. Se quita el sombrero de copa y lo deja sobre la mesa. No sabe qué pensar exactamente de este cliente, no responde a los distintos patrones que tiene categorizados y le pone nervioso. Por no preguntar no le ha preguntado si alguien ha usado la lovot del escaparate. Y coño, hasta él se la ha tirado. Luego la ha dejado como los chorros del oro, pero le asombra que algo tan evidente, que salta a la vista, no le preocupe a este tipo. Es, definitivamente, un raro.

Mario está ya ahí, al lado, con la caja en la carretilla. En silencio, como siempre. Y no sonríe.

—No —dice el encargado—. No hay lovot masculinos. Pero imagino que, como todo, sólo es cuestión de tiempo.

En la calle hace calor, pero es soportable. Es la humedad lo que tortura a Antonio. Una vez en el exterior recupera la tranquilidad. Guía a Mario hasta su coche –un coche familiar no automático de cinco plazas, con un gran maletero– y entre los dos suben con cuidado a la lovot.

—Nosotros la llamábamos O —dice Mario.

Antonio no reprime esta vez su sonrisa.

—Por la boca, imagino.

—No, por la película. Historia de O. Solíamos proyectarla en su cara cuando estaba en el escaparate. Que la disfrute.

Mientras Mario vuelve a la tienda arrastrando su carretilla Antonio medita sobre todo lo que ignora. Son demasiadas cosas. Quizá sea información sin valor; anécdotas, chascarrillos para compartir un café sin más valor que el tiempo que va a hacer o el resultado del último partido de liga; pero es evidente que él esta desconectado del mundo. Que sólo sabe de su trabajo. Nada más. Y a nadie excepto a él mismo le interesa su trabajo. De alguna forma toda esa ignorancia acumulada año tras año tenía que pasarle factura.

Conduce hasta casa de mal humor. Lo hace en modo manual, atento a la evolución del resto de conductores, que prefieren que sea su vehículo automático el que les lleve a casa. Con el nuevo límite de velocidad de treinta kilómetros por hora en la ciudad apenas hay accidentes; los pocos que hay los provocan conductores tercos como él, que prefieren sentarse al volante y no aceptar la evolución. O no comprar un coche automático adaptado. El Gobierno da ayudas para renovar el coche, pero si las aceptas deja de ser tu vehículo. Cosas de la gran crisis, ahora prácticamente todo es del estado y te lo alquila por un precio adecuado. Adecuado si puedes pagarlo. Antonio imagina cómo sería alquilar una lovot. Seguro que, a pesar de lo desagradable que resulta la idea, es posible. Seguro que ya hay prostíbulos exclusivos en la ciudad que disponen de esos cacharros.

Llega a su casa, un pequeño chalet adosado en una pequeña urbanización en las afueras de Madrid que se quedó a medio construir. Nunca terminaron el supermercado y apenas tienen un par de restaurantes cerca, pero las pistas de pádel, como siempre, están ocupadas. Deja el coche fuera, junto a la puerta. Hace unos años cerró el garaje y lo convirtió en un pequeño taller de pintura. Allí pasa las horas muertas, pintando cuadros horribles con una técnica pobre. Se dice cada vez que baja que está mejorando, que es cuestión de práctica. No le apetece tirarlo todo a la basura, de alguna forma es una muestra de rebeldía contra su mujer. Una forma de decirle que también es un artista. Fracasado, como todos.

En casa le recibe el silencio. La luz que entra por las ventanas del salón no es suficiente, así que enciende la lámpara del techo. Y el ventilador. No podría pagar el aire acondicionado, no ahora. Coge del trastero su propia carretilla y vuelve a por la compra. Se dedica las siguientes dos horas a prepararlo todo. Desembala la lovot y, con mucho cuidado, como si se tratara de una obra de arte, la monta. Aquí un brazo, aquí otro. Aquí las baterías. Ensambla su cabeza pero cubre la boca con un pañuelo blanco de su mujer. La sienta en el sofá del salón, pasa la mano por la piel de los brazos. Sí, es distinto, pero es agradable. Muy suave.

Enciende el ordenador e introduce la tarjeta con el software de configuración de la lovot. Accede a su sistema por wi-fi y trabaja durante media hora en su configuración básica. Carga varios vídeos y varias imágenes y los proyecta en el rostro. No queda satisfecho con la conversión automática, así que decide utilizar un programa de edición de vídeo y prepararlos él mismo antes de pasarlos al almacenamiento interno de la lovot. Se pregunta, mirándola, dónde estará su unidad central de proceso. Ya sabe que no es en la cabeza, que es un accesorio más. ¿Quizá junto a las baterías? No parece lógico, se calentaría demasiado y obligaría a un sistema de ventilación más caro. Sospecha que descubrirlo le desagradaría, y además le queda poco tiempo, así que se dedica a lo importante. Configuración. Unas cuantas pruebas. Una sonrisa.

Está terminando de vestirla cuando vibra su teléfono móvil, que había dejado sobre la mesa del salón. Se sobresalta, pero responde.

—¿Sí? —dice.

—¿Cómo va eso? —es su padre, directo como siempre.

—Bien.

—¿Está Julio contigo?

—No, todavía no ha llegado del campamento. Me lo traerán en —Antonio mira el reloj digital proyectado ahora mismo en el rostro de la lovot— cuarenta minutos, más o menos.

—Cuando llegue llámame. Me gustaría hablar un rato con  mi nieto. ¿Cómo está llevando lo de esa zorra?

Antonio cierra los ojos, inspira.

—Papá, no es una zorra. Es su madre.

—Es una tipa que se ha largado de vuestra casa con un tipo por su dinero. Una zorra.

—Papá, no quiero discutir otra vez.

—Quizá eso es lo que ha faltado en vuestra casa, hijo. Alguna discusión que otra. Y un buen guantazo.

Ambos, padre e hijo, se quedan en silencio unos segundos. No hay mucho más que decir, pero a ninguno le gustaría terminar así la conversación.

—¿Y tú, hijo? ¿Tú como lo llevas?

Antonio mira a la lovot sentada en el sofá, frente al televisor, medio vestida.

—Bien. Creo que bien.

Cuelga. Le queda poco antes de que llegue Julio, así que se aplica en su trabajo. Lo último que hace es subir al piso de arriba y buscar en el cuarto de baño del dormitorio el quitaesmalte de su mujer. Llaman a la puerta pocos minutos después de que considere que todo está terminado. Perfecto. Todo lo perfecto que puede estar.

Abre la puerta. Es Sandra, su vecina, la madre de una de las compañeras de Julio en el campamento de verano. Como siempre le recuerda, sólo la lleva allí porque su marido y ella trabajan y no tienen con quién dejarla. Excusándose. Como si el caso de Antonio fuese distinto por estar solo.

—Ya estamos aquí —dice Sandra, y le pasa la mano por el pelo a Julio.

El niño sonríe. No es la misma sonrisa de antes; Antonio sabe que al menos lo intenta. Intenta superar la marcha de su madre, el abandono. Intenta parecer responsable y adulto frente a su padre. Ojalá también estuviera intentando ser feliz.

—Gracias, Sandra —dice Antonio, y Julio entra en casa y camina hacia el salón.

—Ánimo —responde ella.

Antonio cierra la puerta, sigue a su hijo. Julio se ha quedado de pie en la entrada del salón. Contempla a la lovot con una mezcla de pánico y curiosidad.

—¿Qué es? —le pregunta a su padre sin apartar la mirada.

Antonio sostiene el mando remoto en la mano. También responde a órdenes verbales, pero no ha tenido tiempo de configurarlo correctamente. Por ahora bastará. Pulsa un botón. La lovot enciende su rostro y en él se proyecta la cara sonriente de su mujer. De la madre de Julio.

—¿Un abrazo? —dice el autómata fabricado para mantener relaciones sexuales, y extiende sus brazos sintéticos.

Julio corre hacia ella, se deja caer de rodillas y apoya la cabeza en su regazo. La lovot acaricia el pelo del niño con sus dedos.

Sintéticos.

Distintos.

Agradables.

Santiago Eximeno (Madrid, 1973) ha publicado libros de relatos como Bebés jugando con cuchillos (Grupo AJEC, 2008) o Umbría (El humo del escritor, 2013). Disfruta de la literatura de género y de las distancias cortas. Puedes encontrarle en su Web: www.eximeno.com